Pleno de los martes

05-04-16

Tamames Gómez, Ramón,

¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos? Un ensayo sobre el sentido de la vida en el universo antrópico

 

RESUMEN DE LA PONENCIA

¿DE DÓNDE VENIMOS, QUÉ SOMOS, ADÓNDE VAMOS?

UN ENSAYO SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA EN EL UNIVERSO ANTRÓPICO

Ramón Tamames

El título del presente artículo es idéntico al que Paul Gauguin dio a un cuadro que pintó en Tahití, en 1897, y que el autor vio en 1994, muy ampliado, al llegar al aeropuerto de Papeete: “Este será el título de un libro mío, alguna vez…”, pensé en la ocasión. Y así ha sucedido: en la ponencia que ayer defendí en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, traté, precisamente, de contestar a las tres preguntas que encabezan este artículo, que es una síntesis del propio libro imaginado hace 22 años.

Empezando por de dónde venimos, la contestación científica parece clara: todo empezó con el big bang (el fiat lux del Génesis y el intuido huevo cósmico del clérigo belga George Lamaitre), cuando nació el espacio-tiempo y la materia se expandió formando el universo: primeramente una sopa cósmica de partículas atómicas (quarks, bosones, muones…) hoy encriptadas en los átomos, según ha ido descubriéndose merced al gran colisionador de hadrones, LHC, del CERN, en Ginebra.

Posteriormente, los elementos químicos se crearon en los hornos estelares, de manera que como se ha dicho tantas veces, somos hijos de las estrellas. Pero… ¿Y qué había antes del big bang? La respuesta más conocida hasta ahora: “Dios estaba prefigurando el infierno para quienes hicieran preguntas como esas”. 

No se sabe hasta cuándo el universo estará expandiéndose, en un proceso continuo de destrucción y recreación de galaxias, estrellas, y sistemas planetarios, para al final, tal vez diluirse todo en la negrura más fría. O quizá, en función de la materia y la energía obscuras –el 96 por 100 del cosmos—, producirse el big crunch: vuelta a empezar, en lo que sería un universo oscilante, con la amnesia cósmica entre uno y otro latido.

Y en esa inmensidad: ¿hay vida más allá de la Tierra? A ese interrogante se intentó responder con el programa SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), desde 1960, sin ningún resultado positivo, y ahora se está intentando de nuevo con la pesquisa de los exoplanetas Kepler. Resultando difícil aceptar la probabilística, porque si hubiera tantas como se dice en la ecuación de Drake (apoyada por intuía Carl Sagan), tendrían que haberse detectado ya muchas otras inteligencias en el cosmos: con los 13.800 millones de años desde el big bang, ha habido tiempo para todo.

Y ahí está la clave de la llamada Paradoja de Fermi, el sabio nuclear, muy escéptico sobre la vida extraterrestre, quien en cierta ocasión manifestó que “lo más seguro es que nunca veamos a esos hombrecillos verdes”. Y es que las distancias interestelares son tan enormes (hasta decenas de miles de millones de años luz), que si pudiéramos volar a otras galaxias, al llegar a ellas tal vez ya no estarían allí; y cuando los viajeros volvieran a estos lares ¿dónde estaríamos los humanos? En definitiva somos un Navío Espacial Tierra, que navega sine die, y que seguramente es la patria común humana para siempre.

También hay que preguntarse de dónde venimos desde el punto de vista biológico. Y a ese respecto, puede decirse que hubo todo un big bang de la vida orgánica hace 3.800 millones de años, una primera bacteria de arranque de la evolución (según la teoría de Darwin y Wallace). De tal modo que ahora, siete millones de años después de separación del linaje de los homínidos respecto a los primates superiores surge la segunda pregunta ¿qué somos?

Somos los dueños de la Tierra y los impulsores de la Ciencia. Pero no somos dioses, a pesar de lo que predice la Inteligencia Artificial, iniciada por Turing y hoy con Ray Kurzweil como exponente máximo que ya anuncia la inmortalidad humana. Al tiempo que la propia especie está en peligro de autodestrucción por toda clase de amenazas y desavenencias.

Y en este pasaje de nuestra reflexión es cuando surge el sentido de la vida en el universo antrópico, el subtítulo de mi futuro libro sobre las tres preguntas. Un sentido que se relaciona con la angustia de Albert Camus y la incertidumbre de un Wittgenstein en el desánimo profundo. Pero también con el optimismo de la condición humana de Malraux, o el principio esperanza desde Bloch y Karl Rahner al Papa Francisco; y definitivamente con la ciencia al modo de Richard Feyman y Einstein: somos los únicos observadores e intérpretes de la creación evolutiva y eso y muchas más cosas dan sentido a la propia vida.

Y llegamos así a la tercera y última pregunta: ¿adónde vamos?: ni siquiera los más escépticos descartan la posibilidad de un punto Omega (Teilhard de Chardin dixit). En la idea de que la evolución tiene características teleológicas, que podrían marcar un camino de perfección que hasta ahora sólo se vislumbra a través de la filosofía y la religión.

En el referido contexto, ha habido de todo: científicos que aceptan una trascendencia, como Pasteur, Schrödinger, Collins, o Ayala; y no creyentes, como Haeckel, Hoyle, Hawking, o Dawkins. Pero si algo está claro, es que no se ha cumplido la profecía de Karl Marx, de mediados del siglo XIX, cuando predijo que en una centuria más, no habría religiones, y que la ciencia lo ocuparía todo.

Lejos de esa muerte anunciada, hoy prosigue el hecho religioso, señaladamente en la buena nueva de Jesús de Nazaret, que Pablo extendió desde Palestina a las iglesias de Asia y de Grecia, llegando a la mismísima Roma, para hacer del cristianismo un credo universal, con todas sus grandezas y complejidades. Hasta el momento actual de nuevo énfasis en el ecumenismo y de mejores conexiones entre ciencia y creencia, que hacen más relevante el principio esperanza, preconizado desde muy distintos enfoques desde las cuatro preguntas de Kant, a las intuiciones de Bloch, Rahner y Barth. En suma, todo puede tener un sentido que vislumbramos en la vida misma.

 

Abstract

WHERE DO WE COME FROM, WHAT ARE WE, WHERE ARE WE GOING?

AN ESSAY ON THE MEANING OF LIFE IN THE ANTHROPIC UNIVERSE

Ramón Tamames

The title of the present article is identical to the one which Paul Gauguin gave to a picture he painted in Tahiti in 1897, and which this author saw, greatly enlarged, upon arrival at the Papeete airport in 1994: “This will be the title of one of my coming books in the future…” I thought on the occasion.

And that is how it happened: in my address to the Royal Academy of Moral and Political Sciences, April, 5, 2016, giving news of the contents of my book, I tried to answer the three questions which make up the title of this article, making a synthesis of the literary work I imagined 22 years ago.

Beginning with where do we come from, the scientific answer seems clear: everything began with the Big Bang (the fiat lux from Genesis and Cosmic Egg prefigured by the Belgian cleric George Lamaître), when space-time was born and matter expanded forming the universe: first a cosmic soup made of subatomic particles (electrons, quarks, bosons, muons…) encrypted today in atoms, as has been discovered thanks to the Large Hadrons Collider, LHC of the CERN in Geneva.

Later, more than a hundred chemical elements were formed in stellar ovens, so that, as has been said so many times, we are children of the stars. And when it is asked what there was before the Big Bang, the best known answer up to now is: “God was creating hell for those who wanted to know things like that”.

Up to now, we do not know how long the universe will be in a state of expansion, in the continuous process of destruction and recreation of stars, planets and galaxies, perhaps to fizzle out in the end into cold blackness. Or perhaps, as a result of obscure matter and energy –96% of the cosmos composition—, the big crunch will happen: to begin again, what would be an oscillating universe, with cosmic amnesia between one beat and another.

And a big question follows in this vastness of the universe: is there life beyond the Earth? In that sense, SETI Programme (Search for Extra-Terrestrial Intelligence) has been trying to answer that question since 1960 with no positive results, and the same thing is now being tried again with the investigation of the so called Kepler exoplanets. And in any case, it proves difficult to accept the probabilities of intelligent beings in space, because if there were as many as the Drake equation states (supported by Carl Sagan and many others), at least a few intelligences in the cosmos would have detected us: 13,800 million years from the Big Bang is a lapse long enough for everything.

And therein lies the key to the so-called Fermi Paradox, the atomic wise-man, so very sceptical about extraterrestrial life, who on a certain occasion said that “we will surely never see those green little men”. Because interstellar distances are so great (up to thousands of millions of light years), upon arriving there life would no longer exist; and when travellers returned here to the Earth, where would humans be? We are definitely a Space Ship Earth (SSE), navigating sine die, and which surely is the common human homeland forever: physical contact is going to be impossible, and probably the same for cosmic dialogue.

Apart from the formation of the universe, we also must ask where do we come from? from the biological point of view. And in this respect, it can be said that there was also a Big Bang of organic life 3,800 million years ago, when the first bacteria came to life and evolution started up according to Darwin and Wallace’s theory. In such a way that there was a special human voyage of seven million years, after the separation of the lineage of hominids with respect to other superior primates. So that here we are after that long sequence of time, with so many details still to be known on the formation of the most clever mind in Homo sapiens.

Answering the second question what we are?, it can be said that, for sure, that we are the owners of the Earth and the driving force promoting Science, the knowledge of all evolutionary creation. But we are not gods, despite the predictions of Artificial Intelligence, initiated by Alan Turing, and today with Ray Kurzweil as the greatest exponent, announcing human immortality, genetical metamorphosis, robotic prevalence, etc. Even if at the same time the species itself is in danger of self-destruction through all sorts of threats coming from exo and inner perils.

And in this passage of our reflection about what we are, appears the subtitle of my future book on the three questions, The Meaning of Life in the Anthropic Universe. Something related to the emotional anguish that Albert Camus evoked and the uncertainty quoted by Ludwig Wittgenstein from his focussing on profound pessimism. But also, facing those dramatic remarks, with Malraux’s optimism about the human condition, or the principle of hope as proposed by Ernst Bloch and Karl Rahner and recently by Pope Francisco; and definitively with science so much as a great lust for life in the case of Richard Feyman and Albert Einstein: we are the unique observers and interpreters of evolutionary creation and that, along with many other things, gives meaning to our lives, to discover the origins of everything.

And so we arrive to the third and last question: where are we going?: and regarding that point, there is the possibility of trying to achieve an Omega Point (Teilhard de Chardin dixit) as the highest point of integration of humanity at the Parousia. Along with the idea that evolution has teleological characteristics through a path of perfection, which thus far is only distinguishable through philosophy and religion.

In the mentioned context, there has been a bit of everything: scientists who accept the transcendence, such as Pasteur, Schrödinger, Collins and Ayala; and non-believers, such as Haeckel, Hoyle, Hawking and Dawkins. But in the end of all discussions, it is clear that Karl Marx’s prophecy, from the middle of the nineteenth century, when he predicted that in the space of a century religion would not exist anymore, and that science would occupy everything, has not been fulfilled.

Far from this announced demise, today the religious deed persists, since the glad tidings of Jesus of Nazareth, when Paul, the last apostle, spread Christianity from Palestine to the churches of Asia and Greece, reaching Rome itself, to make a universal creed, with all of its grandeur and complexity. Until the present moment –once religious freedom is a real deed— of new emphasis on ecumenism and stronger bonds between science and beliefs, which make the principle of hope endorsed from many different perspectives, from Kant’s four questions to the thoughts of Bloch, Rahner, Barth and King and now, again, Pope Francisco. In short, everything can have a meaning which we perceive in life itself. And furthermore, Science and Religion come to live together in a new harmony.

And it is in that new historical instance that the human community can organize itself to become the New Kingdom; we do not know yet, if  it is God’s Kingdom or if it is

a new world federation for rationality and fraternity, for all good people to fight together against the real enemies of the present economic society.

                                        

And against those enduring threats, which are their corresponding key solutions?: proposals to change present possibilities of war for perpetual peace; a new redistribution of wealth and income to go directly against mass poverty and precariousness; to substitute present trends of world economic disorder with the target of sustainable growth; and to attack threats on the biosphere, so that we can transfer the planet to the coming generations in the best possible conditions. Amen. 

 

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