Pleno de los martes

24-04-18

Lavilla Alsina, Landelino,

Técnica y estética normativa

 

RESUMEN DE LA PONENCIA

En la norma se traducen los esfuerzos lógicos y lingüísticos conducentes a expresar, en términos prescriptivos, las reglas de la convivencia. La técnica rige esos esfuerzos para que el resultado propuesto se alcance; no es ajena a la ponderación de su impulso político y de los valores cuya consecución se propugna; no es siquiera ajena a su significado como composición de fuerzas en presencia y como instrumento de progreso social. Pero la técnica normativa nos sitúa ahora en la perspectiva de las condiciones para que la norma, tanto en sí misma y aislada, cuanto integrada en un ordenamiento jurídico, tenga el nivel -en su formulación y en su función como pieza del conjunto normativo- al que, según la teoría y según su finalidad ordenadora, debe llegar.

La técnica debe corresponder, desde luego, a los requerimientos de la eficacia; pero, en la norma creada, hay un componente de ponderada estética cuando, precisamente por la adecuada selección y el correcto uso de la técnica, el producto normativo no sólo no es un engendro –como tantos hay- sino que es un texto dispositivo en el que lucen la claridad de concepción, la tersura de estilo y la mejor articulación de sus elementos al servicio del fin propuesto. Yo no creo que una norma tenga por qué despertar entusiasmo por su belleza. Pero sí que debe ser entendida y aceptada y debe acreditar rigor y esmero. Su calidad técnica puede generar el goce estético de quienes sienten una acusada vocación jurídica –y hasta de quienes viven con una seria preocupación por el lenguaje y el estilo-.

El proceso de elaboración de las disposiciones a insertar en el ordenamiento jurídico, procurando su mayor corrección, no tiene como meta cumplir afanes perfeccionistas, sino el logro de claridad y rigor en las normas, como condiciones indispensables, entre otras, para hacer real la seguridad jurídica.

Parece obligado revisar, desde luego, las técnicas utilizadas y, en todo caso, poner en juego los recursos que la buena técnica brinda para, incluso partiendo como dato de la práctica seguida, desactivar y, en lo posible, amortiguar o eliminar las más nocivas consecuencias de esa práctica.

El criterio rector puede expresarse de modo sencillo en la siguiente forma: parece difícil evitar la dispersión en el nacimiento de las normas, pero no debiera serlo afrontar una tarea inmediata y subsiguiente para que las normas, aun siendo errático su alumbramiento, se trasladen a su sede natural -con atención a las exigencias lógicas y sistemáticas propias de un buen ordenamiento y como servicio a la eficacia normativa inherente a su esencia- a través de textos refundidos, mediando la correspondiente delegación legislativa, si de Leyes se trata, o el ejercicio de la potestad reglamentaria ad hoc, si se trata de normas infralegales y, llegando, en su caso, a la publicación de textos refundidos o integrados o consolidados fiables, aunque esa fiabilidad requiera la puesta en acción -en la modalidad que proceda- de las potestades normativas.

Una tarea emprendida con tal objetivo -satisfechos ya los apremios- debiera ser abordada de un modo sostenido y orientado a mejorar el ordenamiento jurídico. Aunque la situación actual no permite -o no hace al menos aconsejable- afrontar esa tarea con morosidad, debe hacerse sin prisas contraproducentes acometiéndola según prioridades bien establecidas y con el sosiego y el rigor que demanda la mejora del ordenamiento.

Sin perjuicio de reconocer la fluidez propia de la realidad social y las consiguientes necesidades de adaptación de las normas, es una aspiración razonable, al concebir y llevar a efecto los planes de producción normativa, la de conseguir el mayor grado posible de claridad y de estabilidad normativas en beneficio del conjunto del ordenamiento y de su más eficaz recepción social y en evitación de las perturbaciones que, para el funcionamiento de las instituciones y la certidumbre de los ciudadanos, se siguen de la baja calidad y del acelerado ritmo de cambio de las normas aplicables, sin dar tiempo, en ocasiones, a que las anteriores acrediten sus virtudes o sus defectos y a que se consolide una práctica conocida y un clima general de confianza, demandado, sin duda, por un buen orden de convivencia. A su servicio se ha perfilado y se ha desarrollado la técnica normativa, a partir de la cual puede germinar el fervor estético en la conciencia propia de los juristas y el sentido común de los ciudadanos.

 

 

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