La ponencia aborda el miedo como una de las emociones que desde siempre ha recibido más atención a lo largo de la historia de la teoría política. Autores como Maquiavelo, Hobbes, Spinoza o Montesquieu, por mencionar solo algunos, nunca dejaron de tenerlo en cuenta. En esta dimensión más propiamente política, la conexión entre el miedo y la necesidad de protección institucionalizada recibiría dos respuestas claramente diferenciadas: una, la hobbesiana, se monta sobre la paradoja de que para salvarnos del miedo el Estado debe valerse de la coerción; o sea, que debe temérsele. El Estado nos libra de la ansiedad provocada ante el temor a la violencia y la muerte, pero su acción no será eficaz si no es a su vez temido. En el segundo paradigma, lo que se acentúa es que el Estado, lejos de servir como antídoto de esta inquietante emoción, es quien la promueve para estabilizar su dominio, como desarrolla Montesquieu en sus disquisiciones sobre el despotismo. A quien habría que temer aquí es al propio Estado.
Esta distinción se desarrolla después brevemente recurriendo a las teorías de los dos autores mencionados, junto con referencias a la obra de Spinoza y Locke. El desarrollo de la perspectiva de Montesquieu se conecta a continuación con la posición de Arendt sobre el totalitarismo, que ella entiende como la “dominación total por medio del terror”, poniéndose el énfasis en la conexión que establece entre terror y anulación del sujeto. La consecuencia no es ya solo la destrucción del terreno público de la vida, todo lo que en su sentido clásico podríamos incluir dentro de lo político, se traslada también a la vida privada misma. El totalitarismo condena al individuo al desarraigo, a la superfluidad y a la soledad. El miedo deja de ser aquí un mero mecanismo para obtener la obediencia, como veíamos en Hobbes, para convertirse en la “esencia” de esta forma de gobierno.
La segunda parte de la ponencia se ocupa ya más específicamente de la obra de Judith Shklar, que se presenta bajo el rótulo de “la cancelación del miedo como programa político”. En efecto, sus disquisiciones sobre su modelo del “liberalismo del miedo” aspiran a fundamentar esta ideología a partir de la eliminación de los grandes males más que de la realización de los supuestos bienes o virtudes; sobre estos últimos, dice, podrá haber una coincidencia más o menos amplia, sobre aquellos está garantizada. Por eso se vale de una emoción primaria, el miedo, para utilizarla como punto de referencia para sujetar todo el orden político. Su diferencia con respecto al liberalismo convencional, por tanto, es que no precisa recurrir a una siempre complicada fundamentación filosófica de algo en positivo, como hace el “liberalismo de los derechos” a lo Locke o el más complejo y ambicioso del “liberalismo del desarrollo personal” a lo Stuart Mill; el suyo se sostendría sobre algo más modesto, un enfoque moral-psicológico, un “acto de intuición moral basado en abundantes observaciones”. “Es universal porque es fisiológico”.
Shklar muestra su distancia frente a los creadores de pomposos sistemas filosófico-políticos y centra su atención en las víctimas y en el papel de la emocionalidad en el mundo político. Asimismo, reivindica permanentemente la institucionalización de la sospecha y una ciudadanía activa y vigilante, que encaja bien con algunas actitudes republicanas. Se trata de afirmar la importancia central de esta emoción y su conexión con lo político. Para ella, la gestión del miedo, el temor a agentes o situaciones específicas debería figurar como uno de los cometidos principales de los poderes públicos y ser objeto de un más extenso y detenido debate. Este enfoque encaja bien en la situación actual. No en vano, vivimos en la sociedad del riesgo (U. Beck) y en momentos de aparición de nuevas inseguridades e incertidumbres. Fuera de velar por los habituales controles del poder de los cargos públicos, algo que seguramente ya hemos superado en gran medida, sería interesante imaginar una permanente y responsable colaboración entre estos y la sociedad civil para detectar en todo momento qué es lo que en cada caso concreto lo provoca y los medios para defendernos de ellos.