A mediados del siglo XIX el interés por la Economía política se había convertido en una nueva afición que arraigaba con fuerza en España. No es que hasta entonces no hubiera habido en España especialistas, libros, debates o atención por el tema. La traducción del libro clásico de Adam Smith se había hecho ya en el propio siglo XVIII, los manuales de Juan Bautista Say habían tenido gran éxito a comienzos del XIX, el primer texto publicado en nuestro país por un autor español exponiendo los principios de la Escuela clásica, los Elementos de Economía Política con aplicación particular a España, del marqués de Valle Santoro, había conocido tres ediciones en pocos años (1829, 1833 y 1840), sin ser un manual para la enseñanza. Incluso la Economía política se había instalado definitivamente como asignatura en la enseñanza universitaria, desde la reforma Pidal de 1845.
La novedad relatada por Galdós consistía en que a partir de los años cincuenta la economía se había abierto camino en la prensa generalista, habían aparecido incluso periódicos especializados en economía, crecía la edición de libros sobre la materia, se hacían reuniones públicas para discutir el tema y hasta se había importado de Inglaterra la técnica de convocar meetings en los que se pronunciaban discursos en teatros para defender propuestas de política económica, como el librecambio.
Todo esto era fruto, principalmente, de las iniciativas de un grupo, la Escuela economista, formado en los años cincuenta y profundamente comprometido con la difusión del liberalismo económico. Los nombres más representativos del mismo son conocidos: Laureano Figuerola, Gabriel Rodríguez, Luis María Pastor, Manuel Colmeiro, Santiago Diego Madrazo, Mariano Carreras y González, Félix Bona, Benigno Carballo, Joaquín María Sanromá, Segismundo Moret y José Echegaray, por mencionar solo a unos pocos (obsérvese, por cierto, que más de la mitad de los citados estaba relacionada con nuestra casa, como académicos de número, incluido el presidente Figuerola, o académicos electos).
Sus ideas económicas provenían principalmente del grupo liberal francés organizado en torno a la revista Journal des Economistes yla Société d’Économie Politique de París, aunque dentro de ese amplio grupo la mayoría se alineó con los partidarios del liberalismo más radical, que iban mucho más allá del clasicismo británico. En particular, fueron los escritos de Federico Bastiat, traducidos de inmediato y con gran éxito, la principal fuente de inspiración del colectivo español. Su filosofía económica la resumió él mismo en su libro más influyente “Armonías económicas”: [cito]“el problema social quedará muy pronto resuelto, pues dígase lo que se quiera es fácil de resolver. Los intereses son armónicos, la solución se halla pues en esta palabra: LIBERTAD” (en mayúsculas en el original). Bastaba con garantizar la completa capacidad de obrar con libertad de los individuos persiguiendo sus intereses para que éstos se armonizaran, porque [cito] “todos los intereses legítimos son armónicos”. Era una perspectiva optimista -de ahí el nombre de sus seguidores- de las grandes leyes providenciales que regían la historia, que contraponía al pesimismo de Ricardo y Malthus y al de los socialistas que derivaba en la necesidad de un Estado mediador e intervencionista.
La influencia de la Escuela economista en la opinión pública española la alcanzó, principalmente, a través de la creación de dos organizaciones de debate y propaganda muy activas durante algunos años, la Sociedad Libre de Economía Política, constituida en 1856, y la Asociación para la Reforma de los Aranceles de Aduanas, establecida en 1859. Además, colaboraron activamente en prensa e incluso algunos de sus miembros fundaron y sostuvieron diversos periódicos, como El Economista, la Tribuna de los Economistas o la Gaceta Economista.
La trayectoria de este grupo se prolongó a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Hasta comienzos de los años setenta vivió una etapa de florecimiento y expansión; sus miembros ocuparon la mayoría de las cátedras universitarias de la asignatura, los manuales de la disciplina reflejaban sus ideas y alcanzaron notable influencia en la prensa y la opinión pública. En el Sexenio fueron los inspiradores de las nuevas políticas económicas. Después, desaparecieron lentamente de la escena, perdieron influjo y dejaron de captar adeptos hasta que, a comienzo del nuevo siglo, habían pasado a ser historia.