Se aborda en este ensayo la ideología política de Heinrich Heine (1797-1856), tratando de superar la imagen del poeta exclusivamente romántico. Su propósito es determinar cuáles fueron sus ideas políticas dominantes, pese a las numerosas contradicciones de su personalidad y de su obra. Heine resulta difícil de clasificar: ha sido considerado simultáneamente patriota y traidor, monárquico y revolucionario, conservador y rebelde. Sin embargo, existen constantes que permiten definir una orientación dominante. Heine desarrolló su vida entre Alemania y Francia, y su producción política se concentra especialmente en su etapa francesa. Su personalidad está marcada por la tensión entre razón y sentimiento, contradicción e ironía. Esa ironía, a veces cáustica, constituye uno de los rasgos fundamentales de su pensamiento y de su expresión literaria. Su recepción también fue muy desigual: mientras que en Alemania se criticaron especialmente sus ataques contra su propio país, numerosos intelectuales franceses —Victor Hugo, George Sand, Balzac, Michelet, Dumas o Gautier— lo admiraron.
1. Formación y etapa alemana
Heine nació en Düsseldorf en 1797, en una Renania bajo influencia francesa. La experiencia napoleónica tuvo una enorme importancia en su formación. La ocupación francesa supuso para los judíos una mejora de su situación jurídica, además de introducir reformas como la abolición de la servidumbre, la libertad religiosa y el Código Civil. Heine desarrolló desde muy joven una profunda admiración por Napoleón, al que identificaba con la destrucción del Antiguo Régimen, aunque también llegó a reconocer sus tendencias despóticas.
Su formación universitaria estuvo marcada primero por Schlegel y después por Hegel. El contacto con el nacionalismo alemán y el antisemitismo universitario reforzó su rechazo del nacionalismo xenófobo y antisemita. Frente a él desarrolló progresivamente un universalismo europeo. En 1825 se convirtió formalmente al luteranismo para poder obtener el doctorado en Derecho y ejercer profesionalmente, pero la conversión fue fundamentalmente un trámite. Heine no se identificaba con las Iglesias y prefería definirse como «heleno», frente a los «nazarenos» cristianos y judíos. Su actitud religiosa inicial fue, por tanto, crítica y se declara deísta en un paganismo estético.
En sus Cuadros de viaje aparecen ya algunos de sus principios políticos fundamentales. Defiende la emancipación de la humanidad, inspirándose en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa, aunque con una importante reserva ante la igualdad social. Destaca en Heine un elitismo social de raíz ilustrada: valora la libertad mucho más que el igualitarismo. También sostiene una clara separación entre Iglesia y Estado. Rechaza la existencia de una religión oficial y defiende la igualdad política de los distintos cultos. Su anticlericalismo es, por tanto, una parte importante de su liberalismo. Paradójicamente, Heine combina este radicalismo liberal con una convicción monárquica. Defiende la monarquía constitucional y parlamentaria, aunque rechaza la aristocracia tradicional. Considera que la nobleza hereditaria carece de fundamento y critica la idea de que pueda existir una superioridad derivada del nacimiento.
2. El traslado a París y la etapa francesa
En 1831 Heine se instala en París, que se convierte en su residencia definitiva. Francia representa para él no sólo un país, sino el principal referente político y cultural europeo. Llega con un pensamiento ya bastante definido: liberalismo radical, anticlericalismo, crítica de la aristocracia, admiración por la Revolución francesa y por Napoleón, monarquismo constitucional y creciente rechazo del nacionalismo.
En París entra en contacto con el saintsimonismo, aunque su relación con esta corriente será breve. Más importante es su proyecto de aproximar Alemania y Francia: Alemania representa para él el pensamiento, mientras Francia representa la acción. De ahí surge una concepción europea que se opone a los nacionalismos. Heine comienza su dedicación ensayista sin olvidar una ya distinta a la intimista. Sus artículos tratan fundamentalmente cuestiones políticas, pero también literatura, teatro y música. Inicialmente simpatiza con la monarquía de Luis Felipe de Orleans, porque la considera una monarquía constitucional, burguesa y no aristocrática. El rey es para él un «rey-ciudadano» y un «rey-burgués». Sin embargo, su apoyo al sistema nunca es incondicional.
La Revolución francesa de 1830 había despertado su entusiasmo, pero Heine distingue entre la revolución de 1789, que contempla con admiración histórica, y el realismo político posterior. Frente a Robespierre y Saint-Just, acaba prefiriendo la figura de Mirabeau, que simboliza para él la posibilidad de una monarquía constitucional basada en el equilibrio político. Durante los años treinta publica La escuela romántica y Sobre la religión y la filosofía en Alemania. En el primero critica el romanticismo alemán tradicional porque considera que su exaltación de la Edad Media y de la tradición favorece el nacionalismo reaccionario y la Restauración. Frente a ello reivindica una Alemania moderna, liberal y abierta a Europa.
3. El acercamiento al socialismo y al comunismo
En los años cuarenta se produce una transformación importante. Heine abandona el intimismo romántico y desarrolla una poesía política, épica y satírica, cuyo máximo ejemplo es Alemania, un cuento de invierno. En ella combina patriotismo alemán, amor por Francia y universalismo humanista. Mantiene una estrecha amistad con Karl Marx, pero esta amistad no convierte a Heine en marxista. Heine participa en publicaciones vinculadas a Marx y Engels y escribe Los tejedores de Silesia, poema de fuerte contenido social en el que denuncia la explotación de los trabajadores y condena simultáneamente a Dios, al rey y a la patria. Si bien este acercamiento al comunismo es importante, hay que considerarlo un episodio y no la definición global de su pensamiento.
La Revolución de 1848, que Heine había anticipado en cierto modo, provoca en él una reacción negativa. Su enfermedad es ya muy grave y contempla con rechazo a los nuevos revolucionarios. Su actitud hacia la revolución muestra nuevamente la distancia entre su entusiasmo por la libertad y su desconfianza hacia las masas. En sus últimos escritos aparece, sin embargo, una ambivalencia mucho más compleja hacia el comunismo. Por una parte, teme que destruya la civilización, el arte y el mundo burgués; por otra, reconoce sentirse atraído por su principio de justicia histórica. Heine llega a sentirse exorcizado por esa idea, pero conserva deliberadamente su independencia.
4. La posición ideológica dominante
El problema central es determinar si Heine debe considerarse liberal-ilustrado o compañero de viaje del comunismo, y aquí se impone la primera interpretación. Heine no fue marxista ni propiamente comunista. Su amistad con Marx no implica coincidencia ideológica. Su pensamiento dominante corresponde a un liberalismo progresista, constitucionalista y de raíz ilustrada, aunque acompañado de fuertes reservas respecto de la igualdad social.
Su relación con el pueblo es particularmente significativa. Heine puede defender abstractamente la emancipación popular, pero desconfía profundamente de la masa o el «populacho» como sujeto político. Considera que la masa puede destruir las individualidades y rechaza que gobierne directamente los destinos públicos. En este punto se distancia radicalmente de Marx. Su posición final combina, por tanto, liberalismo, individualismo, elitismo cultural, constitucionalismo, anticlericalismo y universalismo europeo. A ello se añade una peculiar relación con la monarquía: aunque su convicción monárquica se hace más flexible, nunca adopta plenamente el republicanismo.
5. Últimos años y conversión religiosa
En sus últimos años, gravemente enfermo, Heine experimenta una transformación religiosa. Entre 1849 y 1851 abandona el hegelianismo, el panteísmo y su anterior «helenismo», acercándose sinceramente a un Dios personal. No vuelve, sin embargo, a ninguna Iglesia. Su conversión es íntima y mantiene una actitud independiente frente a las instituciones religiosas. En Confesiones (1854) relaciona el ateísmo con el comunismo y expresa su temor a que la victoria de este último destruya la civilización europea. En Lutecia (1855), sin embargo, vuelve a mostrar cierta fascinación por la fuerza histórica del comunismo. Esta contradicción final resume la complejidad de su pensamiento.
Como conclusión cabe decir que la clave para comprender a Heine no es buscar una doctrina política perfectamente coherente, sino reconocer la coexistencia de liberalismo, universalismo, crítica social, elitismo e ironía. Su simpatía ocasional por el comunismo no altera su posición fundamental. Heine murió en París el 17 de febrero de 1856. Hasta el final conservó su ironía característica y mantuvo una relación personal y no eclesiástica con Dios. Su trayectoria muestra así la evolución desde el romanticismo tradicional hacia un pensamiento político más moderno. La mejor definición de su posición es la de «liberal progresista y constitucionalista, con muchas reservas hacia la igualdad y un fuerte trasfondo ilustrado tardío».