“Jamás se hizo nada derecho con la madera torcida de la humanidad” escribió Kant. Al parecer ésta era la cita del filósofo alemán que Isaiah Berlin prefería; de ahí el título de uno de sus libros, que es el aquí evocado en relación con la moneda europea. Sé que esta evocación puede interpretarse como expresión del más negro pesimismo, pero yo instaría a leerla en clave de sana advertencia desde el escepticismo. El proyecto europeo, con sus innegables virtudes, ha despertado a menudo un entusiasmo acrítico que ha empujado a tomar algunas decisiones escasamente meditadas. Es probable que los protagonistas de tales decisiones, los europeístas fervientes, pensasen en aprovechar cualquier viento favorable para avanzar todo lo posible, con la idea de que más adelante podrían enmendar los errores que el tiempo desvelara. Pero no siempre es posible -y en todo caso, nunca fácil- enderezar un árbol que crece torcido. Y éste es, en mi opinión, el problema que plantea el euro hoy. Un problema que no es tema de interés exclusivo para eruditos. Las tribulaciones del euro están afectando con seriedad a la economía española. Ciertamente la crisis actual tiene una innegable dimensión propia y, a resultas, una agenda de deberes que no cabe transferir a Europa. Pero es igualmente cierto que hay una dimensión europea de la crisis española que alcanza ámbitos tan decisivos como el monetario y el financiero. Los fallos de diseño del euro y las torpezas en su gestión están pesando con fuerza en las dificultades que encuentra la economía española a la hora de intentar solucionar sus problemas. Para ilustrarlo les haré primero un breve diagnóstico de la situación nacional y después me ocuparé con más detalle de la moneda europea. Concluyo. España se encuentra atrapada entre sus propios problemas, su incapacidad para abandonar la Unión Monetaria por sus deudas y la desesperante actuación de las autoridades europeas. Descartado el abandono resta un margen de maniobra muy estrecho que obliga a concentrarse en solucionar las muchas deficiencias no transferibles, pero también en hacer política europea. Estamos en uno de esos bucles del camino, donde ya ni Ortega nos sirve, porque si España es el problema, resulta que Europa, lejos de ser la solución, parece un problema añadido.