El deseo de mejorar es consustancial al ser humano. No es extraño que desde las últimas décadas del siglo XX y en el comienzo de este siglo XXI este afán por mejorar permanezca.
Ocurre, sin embargo, que en este tiempo los avances de las ciencias biomédicas (la genética y las neurociencias) hacen posible mejorar la biología humana con nuevos métodos. Descubiertas habitualmente a raíz del estudio de casos patológicos, las tecnologías biomédicas se emplean de forma rutinaria para mantener o restaurar la salud, pero pueden usarse también para alterar las características de las personas tenidas por sanas.
En cuanto surgen posibilidades de este tipo un buen número de problemas éticos sale a la luz, sobre todo dos: ¿son éticamente aceptables las intervenciones de mejora, o lo son sólo las terapéuticas?, y en el caso de que la respuesta fuera afirmativa, ¿es moralmente obligatorio mejorar las capacidades “normales”, sean cognitivas, físicas, se refieran a la memoria o a la atención, si es que existe esa posibilidad?
El asunto de la mejora se ha convertido en un tema estrella en el ámbito de lo que algunos llaman “ética práctica”, o bien, si se refiere a intervenciones neurológicas, “Neuroética”, tomada como Ética de la neurociencia.
El debate sobre la mejora con medios biomédicos
El primer problema con que se enfrenta el nuevo proyecto es el de determinar qué se entiende por “mejora”. Podemos admitir en principio dos de ellas: “una mejora biomédica es una intervención deliberada, aplicando la ciencia biomédica, que pretende mejorar una capacidad existente, que tienen de forma típica la mayor parte de los seres humanos normales, o todos ellos, o crear una capacidad nueva, actuando directamente en el cuerpo o en el cerebro” (Buchanan); “X es una mejora para A si X hace más probable que A lleve una vida mejor en las circunstancias C, que son un conjunto de circunstancias naturales y sociales” (Savulescu).
Un segundo problema consiste en decidir si estamos dispuestos o no a aceptar las mejoras con medios biomédicos, y en este punto es posible detectar al menos dos posiciones, que reciben diversos nombres.
En principios cabe distinguir entre transhumanistas y bioconservadores. La clave del transhumanismo consiste en entender que “La especie humana puede trascenderse a sí misma, si lo desea, trascenderse a sí misma -no sólo esporádicamente, un individuo aquí de un modo, otro allá de otro modo-, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Tal vez transhumanismo pueda servir: el hombre permaneciendo hombre, pero trascendiéndose a sí mismo, al actualizar nuevas posibilidades de y para su naturaleza humana” (Julian Huxley). Los bioconservadores, por su parte, se oponen a cualquier uso de las tecnologías para ampliar las capacidades humanas. Entre ellos, cabe contar a Leon Kass, Francis Fukuyama o Michael Sandel. Estas denominaciones se transforman en manos de Allen Buchanan en “anti-mejora” y “anti-anti-mejora”. Entre ellos contarían Jonathan Glover, Savulescu, Agar, Brock, Bostrom, DeGrazia, Sanberg, Buchanan.
La reflexión sobre el tema se extiende hoy a una gran cantidad de ámbitos, pero aquí nos ocupamos de la mejora moral.
La cuestión de la biomejora moral
Algunos autores consideran que hay un tipo de mejora que beneficia al sujeto y también a terceros, y es la mejora de los motivos para actuar. Más interesante es la propuesta de Savulescu y de Persson, según la cual, intentar una mejora moral de la humanidad por medios biomédicos es un imperativo moral. El hilo de la argumentación hasta llegar a una conclusión tan rotunda es el siguiente.
El poder científico y tecnológico de la humanidad ha crecido exponencialmente y tiene la posibilidad de destruir la tierra. Sin embargo, las presiones de la evolución no han desarrollado una psicología moral que nos permita abordar los problemas morales que crea nuestro nuevo poder, como los del cambio climático o la guerra que necesitan una preocupación por los lejanos y por las generaciones futuras.
Se hace necesario legislar para conseguir cambios efectivos, pero a los votantes no les interesan los problemas de los lejanos en el espacio y en el tiempo. Nuestra motivación moral sigue ligada a la preocupación por el pequeño grupo. ¿Por qué?
Desde la aparición del homo sapiens sobre la tierra los seres humanos hemos vivido en grupos pequeños. Gracias a la evolución nos adaptamos al entorno a través de nuestras disposiciones morales. Lo que nos habría permitido trascender el egoísmo sería el grupalismo, porque ganarían los grupos más cohesionados, los que tienen capacidad de seguir normas sociales, compartir emociones, crear instituciones y obedecerlas, incluida la religión.
La moralidad consistiría, según estos autores, en la disposición al altruismo y en un sentido de la justicia o la imparcialidad, basado en sus formas más simples en el “toma y daca”. Al comprobar que el juego de dar y recibir resulta beneficioso para el grupo y para los individuos que lo componen, este juego ha ido cristalizando en normas de reciprocidad que forman el esqueleto sobre el que se sustenta la encarnadura de una sociedad.
El problema es que al parecer la especie humana ha permanecido esencialmente igual a nivel biológico y genético durante los últimos 40.000 años, mientras que tenía lugar la mayor parte de un desarrollo cultural sin precedentes, gracias al desarrollo del lenguaje oral y escrito. Pero continuamos con la moral de los pequeños grupos, en que cooperamos internamente, pero no con los de fuera, la motivación moral de los individuos no se ha modificado.
Ahora bien, nuestras disposiciones morales están basadas en nuestra biología. Para que el juego del “toma y daca” funcione con bien es necesario que en él se movilicen adecuadamente un conjunto de emociones. Si conseguimos fortalecerlas, pero de una forma adecuada para que sean útiles, conseguiríamos mejorar la motivación moral. Es preciso complementar la educación con medios biomédicos.
Virtualidades de la propuesta
1) En principio, constata que nuestras disposiciones morales tienen una base biológica, cuyo sentido consiste en lograr la eficacia adaptativa de los individuos, pero esa base está preparada para responder a un entorno social y físico periclitado.
2) La evolución de nuestras disposiciones biológicas, que nos prepara para sobrevivir en unas situaciones determinadas, no coincide con el progreso moral en el nivel cultural.
3) Sin embargo, la pregunta sobre qué disposiciones es preciso reforzar saca a la luz en realidad lo que entendemos por “moral” y, por supuesto, no tiene sólo una respuesta evolutiva. Si sólo se trata de aquellas disposiciones que favorecen el juego de la cooperación, se reforzaría el mecanismo evolutivo y entenderíamos por “moral” el juego de la cooperación como es hoy habitual.
Habría que cultivar las emociones de modo que las motivaciones impulsen a las personas a tener en cuenta a cualquier ser humano.
4) La educación es un buen medio, pero no ha tenido demasiado éxito, a pesar de la gran labor llevada a cabo durante siglos. Ahora bien, la oferta de complementarla con medios biomédicos, parece –a mi juicio- más que discutible.
Los límites de la propuesta
1) Las investigaciones se encuentran todavía en los comienzos y sería muy difícil indicar cómo hacerlo y con qué consecuencias al medio y largo plazo.
2) Cualquier intervención de mejora debería venir precedida por la obtención del consentimiento cuidadosamente informado de la persona a la que se somete a la intervención.
3) Si la persona no desea someterse a la mejora o bien el Estado ofrece incentivos, o bien elabora un plan de mejora moral para toda la población, o bien el Ministerio de Educación de cada país hace un proyecto para tratar de mejorar la motivación moral de los niños. Tres salidas inadmisibles.
4) No hay fármaco ni implante que sustituya a la paciente formación voluntaria del carácter, ni tampoco las modificaciones de los móviles cooperativos parecen dar con el móvil moral. Es preciso cultivar la capacidad de apreciar lo que es valioso por sí mismo, lo que Kant llamaba el sentimiento de respeto ante lo que vale en sí mismo y no para otras cosas. Tratar de convertir en experiencia vital ese sentimiento sería la clave. Pero no creo que haya medio biomédico que lo logre.