14 marzo 2023
Fernando Vallespín Oña

El liberalismo y sus enemigos

Resumen de la ponencia

La conferencia se inspira en la conocida obra de Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos y el impulso que la guía es también el mismo, la preocupación por la posible pérdida de algunos de los más importantes logros de lo que, por simplificar, puede denominarse la “cultura de la libertad”. Para ello se parte de una comparación entre las amenazas existentes entonces, en pleno despliegue de los totalitarismos, y las que nos encontramos en nuestros días. La característica fundamental de estas últimas es que siempre aparecen bajo el calificativo de “iliberales”. El término lo dice todo. Sea cual sea el frente desde el cual se ataca, izquierda o derecha, el objetivo siempre es el mismo, poner en cuestión algunos de los principales principios o valores centrales del liberalismo. Ahí encajarían las teorías populistas, pero también otras posiciones que propenden a poner en cuestión el legado de esta ideología política. Lo sorprendente, sin embargo, es que tiene ningún enemigo teórico relevante, y eso que convencionalmente se entiende por la dimensión liberal de la democracia reina sin alternativa a pesar de la rehabilitación del populismo. Esta paradoja nos obliga a bucear en las críticas que se le hacen al liberalismo desde dentro de quienes, por otra parte, se adscriben a él. A este respecto se consideraron las posiciones de autores como Francis Fukuyama o T. Garton Ash, que coinciden en ubicar su identificación con el neoliberalismo económico y su descuido, cuando no su silencio, ante la cuestión de las identidades.

A partir de aquí el grueso de la exposición se concentró sobre sobre la cuestión de las identidades y las emociones, siempre ligadas a aquella, y se ponderaron los peligros a los que puede conducir al liberalismo el tratar de acogerlas tal y como le exigen sus críticos. La conclusión a la que se llega después de pasar revista a este enrevesado tema es que hemos pasado sin casi solución de continuidad de la anterior sociedad de la indiferencia posmoderna, aquella en la que todo valía, a otra en la que ya no soportamos esa anterior convivencia de lo plural y diverso. Antes predominaba la ligera –y casi banal– elección de modos de vida dentro del menú organizado por un mercado dirigido a permitir que cada individuo pudiera escoger cómo vivir. Ahora resulta que preferimos elegir no elegir, nos incorporarnos a algunas de las identidades fuertes en concurrencia. Esto da lugar, sin embargo, a una suerte de cesión de nuestra autonomía individual a favor de la de las identidades adscriptas; no nos vinculamos a ellas por convicción racional o la afinidad de intereses, como solía ocurrir con nuestras opciones ideológicas, sino por sintonía puramente emocional. Con todo, el liberalismo tiene que ser consciente también de que ha venido en una ideología acomodaticia, se ha dormido en la complacencia con el statu quo, no ha liberado sus poderes críticos hacia sí mismo, dando así alas a sus enemigos. Ahora le toca reinventarse bajo las nuevas y difíciles condiciones de la nueva geopolítica.