13 junio 2023
José Manuel González-Páramo Martínez-Murillo

En defensa de la independencia de la Banca Central frente a sus entusiastas

Resumen de la ponencia

El período dorado de la banca central independiente se extiende durante las dos décadas que terminan en 2008. La eclosión que experimenta en todo el globo puede entenderse como el corolario de dos de los consensos macroeconómicos que se fueron fraguando desde fines de los años 60, a saber: 1) No existe una compensación o trade off a largo plazo entre inflación y desempleo;  y, 2) Tratar de reducir el paro por debajo de su tasa natural, como tiende a ser propio de los periodos previos a elecciones, crea un sesgo inflacionario y volatilidad macroeconómica, lo que deteriora el bienestar social y resta credibilidad a la política monetaria. Se trata del problema de la consistencia temporal. Este es el fundamento económico que respalda la independencia de los bancos centrales, entendida como el mecanismo institucional más adecuado para asegurar la estabilidad de precios. Según el nuevo consenso, asignar al banco central la decisión independiente sobre el uso de los instrumentos de política monetaria con un mandato de estabilidad de precios mejora la efectividad de la política monetaria y reduce la volatilidad de la inflación.

Y así nos encontramos con que la independencia de los bancos centrales, activamente impulsada por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional e iniciativas de integración económica, como la Unión Monetaria Europea, se universaliza y asienta como un pilar de la llamada Gran Moderación, período de tres décadas caracterizado por una inflación moderada, dinamismo económico y baja volatilidad macroeconómica. Pese a que los buenos resultados de esta etapa contaron con los vientos a favor de los avances de la globalización y de las tecnologías de la información y las comunicaciones, y alguna medida de buena suerte, nadie discute la relevancia del papel de los bancos centrales en este largo periodo de prosperidad y estabilidad económica.

Y cuando muchos economistas creían haber encontrado el secreto de la estabilidad perpetua, en un sentimiento arrogante que encuentra su paralelo en el “fin de la historia” de Fukuyama, llega la Crisis Financiera Global de 2008, con su estela de profunda recesión y colapso financiero. ¿Fue la Gran Moderación en realidad una Gran Ilusión, que ponía en cuestión el papel y la independencia de los bancos centrales?, cabe preguntarse. Quizás no sorprenda que políticos como Donald Trump o Liz Truss hayan intentado interferir con la autonomía de los bancos centrales. Pero cuando se escucha a reputados economistas como Charles Goodhart, Willem Buiter o Guy Debelle afirmar de la independencia que “fue buena mientras duró” (Goodhart), “es producto de su época” (Buiter) y “es improbable que sobreviva durante mucho más tiempo” (Debelle), parece oportuna una reflexión más profunda. Aunque ninguno de ellos propone reintegrar el banco central en el Tesoro público, estas provocativas afirmaciones reflejan un descontento tanto con el papel de los bancos centrales en los años previos a la crisis, como con algunas de sus intervenciones para hacerle frente y las ampliaciones posteriores en sus mandatos.

Puede sorprender que las críticas a la independencia, antes casi sacrosanta, se produzcan cuando es ampliamente reconocido que los bancos centrales “salvaron al mundo” de repetir la Gran Depresión de los años 30. La intervención individual, y en ocasiones coordinada, del Banco Central Europeo (BCE), la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y el Banco Nacional Suizo, entre otros, fue denominada como the only game in town, esto es, la única opción disponible. Con el tiempo fueron adquiriendo nuevas responsabilidades, como la supervisión financiera, más cercana a la esfera política, o acometiendo una expansión de sus balances que ha creado efectos distributivos no menores, o involucrándose otros cometidos, como acelerar la transición energética. Y, pese a que la mayoría de los gobernadores de los bancos centrales, un 62% de los encuestados por Blinder y otros, no aprecia amenaza alguna para la independencia en el futuro, esta opinión es muy minoritaria entre los economistas académicos, un 13%, en un contexto en el que las críticas han aumentado, particularmente en los países más afectados por la crisis. El agudo episodio inflacionario iniciado en la primavera de 2021 y que nos acompañará, más moderado, hasta 2025 probablemente, no ha hecho sino alentar las críticas a la capacidad de los bancos centrales para hacer frente a su mandato primordial.

Desde la convicción de que es de interés público proteger la independencia de la banca central de sus entusiastas, es necesario reexaminar las bases intelectuales de la independencia, más allá de la pura argumentación económica, que a grandes rasgos preserva hoy su validez. Porque la independencia tiene una base económica tan sólida como frágil es su base política, por pura construcción, pues la banca central es un poder no elegido, y la legitimidad del ejercicio de su poder debe asentarse en principios y prácticas distintos de la elección democrática. Y entre la economía y la política, la economía política de la banca central nos ayuda a entender la evolución del grado y la forma de la independencia como resultado de condicionantes políticos y económicos internos y externos. La ponencia examina estas cuestiones, para poner en contexto las amenazas económicas y no económicas a la independencia y discutir sus posibles mitigantes. Calibrar bien estos retos es un prerrequisito para preservar el valor de esta institución, que según Kenneth Rogoff, es quizás la más importante y efectiva innovación institucional de nuestro tiempo en política macroeconómica.