7 mayo 2025
Benigno Pendás

En favor de la democracia cuestionada: una reflexión sobre las ficciones parlamentarias

Resumen de la ponencia

La frivolidad posmoderna sirve de pretexto a la tentación autoritaria. Si además el Leviatán no funciona (crisis económicas; pandemia; apagón…) estamos ante la coyuntura perfecta para el desprestigio de la democracia constitucional. Tal vez vivimos en un “umbral de épocas”, atrapados en la fiebre helenística propia de toda civilización en decadencia. O tal vez —quiero pensar— se trata de un episodio circunstancial del que la politeia democrática saldrá reforzada. De momento, los intelectuales (ofuscados) padecemos una profunda crisis de creatividad. Los términos de moda son: vértigo / agonía / perplejidad / desconcierto / incertidumbre… Conviene razonar con sobriedad y ofrecer soluciones eficaces para recuperar el respeto y el afecto del ciudadano común (en especial, de los jóvenes) hacia la mejor forma de gobierno que ha conocido la condición humana, cerrando el paso a oportunistas y/o populistas.

            Para ello, los partidos “sistémicos” están obligados a superar la polarización inducida. En el ámbito de las ideas, la izquierda complaciente y la derecha displicente dejan al descubierto un flanco débil que la demagogia utiliza al servicio de intereses espurios.

            Por fortuna, la democracia no va a desaparecer de un día para otro. El peligro es que se transforme en una suerte de Principado de Augusto (27 a. C. – 14 d. C.): el prínceps mantuvo las formas republicanas en apariencia para imponer un gobierno autoritario. Conviene aprender las lecciones de la Historia para evitar democracias de baja calidad, regímenes híbridos que disfrazan la autocracia bajo el barniz de la legitimidad derivada de elecciones más o menos limpias.

            Esta ponencia se ocupa especialmente de las ficciones o artificios jurídicos (“como si…”) que sustentan el mecanismo de la representación política. En síntesis:

  • Ficción MONTESQUIEU: es decir, la división de poderes, checks and balances: “…es preciso, por la disposición de las cosas, que el poder frene al poder”. El camino hacia el autoritarismo es más sencillo en un régimen presidencialista (la “maldición” de Linz), pero no es descartable en un modelo parlamentario. La clave para evitarlo: independencia del poder judicial; respeto hacia las administraciones independientes; controles democráticos no contaminados por el partidismo… Muy lejos de la degradación actual.
  • Ficción BURKE: según el célebre discurso de Bristol, los elegidos representan el conjunto de la nación, ya que persiguen el interés general y no el particular de sus electores. En realidad, se ha impuesto el mandato de partido, digan lo que digan las Constituciones, de modo que el ciudadano se ve arrastrado hacia el escepticismo y/o la indignación.
  • Ficción ROUSSEAU: el Parlamento hace la ley, expresión de la voluntad general porque la democracia no se concibe como mera agregación de preferencias subjetivas (al modo de Schumpeter), sino como expresión de la idea de justicia que sustenta la comunidad. Una ficción digna de figurar en un museo de arqueología constitucional: hoy día, la ley es un instrumento al servicio del programa político de las mayorías coyunturales, y lo mismo vale a tal efecto el decreto-ley / órdenes ejecutivas o cualquier otra fórmula.
  • Ficción LOCKE: el Gobierno y el pueblo están unidos por una relación de confianza, trust, de modo que el mandato representativo se construye como un pacto fiduciario. Nada más lejos de la realidad: desconfianza, desafección, desencanto… son fenómenos comunes a todas las democracias contemporáneas.
  • Ficción HABERMAS: el Parlamento como “espacio público” para una deliberación que pretende convencer a base de argumentos; es decir, la inteligencia como fuente del logos. Como es notorio, el discurso parlamentario es ahora un mensaje dirigido a la propia clientela, preparado de antemano por los asesores (más o menos expertos) y con el voto ya decidido (o que se decide a última hora por conveniencias partidistas).
  • Por último, ficción BENTHAM. Las Cámaras parlamentarias como lugar del gobierno abierto, la publicidad, la transparencia. Hoy día, la democracia mediática y la sociedad digital imponen sus propias reglas: el orador no se dirige (seriamente) a la opinión pública, sino que transmite un mensaje simple y contundente para descalificar al adversario.

Existen serios motivos de preocupación. Pero nada viene impuesto de forma inexorable en la política, espejo de la vida. Somos responsables de nuestros éxitos y de nuestros fracasos. Los líderes tienen su cuota de responsabilidad, la más importante. Pero también los intelectuales tenemos que cumplir con un deber ético frente al pesimismo estéril que solo conduce al suicidio (institucional) a la manera de los sabios estoicos.

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