El origen de esta intervención se encuentra en la lectura del libro de Paul Seabright, profesor de la Toulouse School of Economics, titulado La economía divina: cómo compiten las religiones por la riqueza, el poder y las personas. Seabright sostiene que, desde un punto de vista económico, las religiones se pueden entender como plataformas que compiten entre sí. En defensa de esta visión economicista, argumenta que “decir que las religiones compiten entre sí no implica que estén motivadas por la codicia o el lucro. Puede que las impulsen la pasión o el pragmatismo, pero competir es lo que deben hacer para obtener los recursos económicos y humanos necesarios para sobrevivir y prosperar.” Dicho de otro modo, “los movimientos religiosos pueden predicar en poesía, pero para que su labor sea eficaz deben ejercer su ministerio en prosa.”
La lectura de este libro me ha llevado a interesarme por la economía de las religiones, un campo relativamente nuevo de investigación económica, que se inicia con dos trabajos publicados en 1975 y 1992 en el Journal of Political Economy, la revista del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago. Los autores de ambos trabajos agradecen en la primera nota a pie de página los comentarios de Gary Becker, el gran economista de la Universidad de Chicago que recibió el Premio Nobel de Economía en 1992 por “haber ampliado el ámbito del análisis microeconómico a una amplia gama de comportamientos e interacciones humanas, incluidos comportamientos no relacionados con el mercado.” Claramente, la economía de las religiones se enmarca en la esfera de los comportamientos no relacionados con el mercado.
En el segundo de los trabajos citados, el autor plantea un modelo económico de los determinantes de la participación religiosa, basado en la teoría de clubs. Esta teoría tiene su origen en la contribución de 1965 de James Buchanan, Premio Nobel de Economía en 1986. De acuerdo con el diccionario de la lengua española, un club es una sociedad fundada por un
grupo de personas con intereses comunes y dedicada a actividades de distinta especie, principalmente recreativas, deportivas o culturales.
En esta intervención presentaré los resultados de un modelo económico de un club que sirve para tratar de entender tanto el comportamiento religioso de una sociedad como la competencia entre religiones. El estudio de dicha competencia tiene un antecedente histórico en Adam Smith, el fundador de la economía moderna, quien en el Libro V de su obra Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, publicada en 1776, analiza la competencia entre religiones en términos similares a la competencia entre empresas en cualquier tipo de mercado.
En particular, considero una sociedad con un gran número de individuos heterogéneos, caracterizados por un parámetro que describe su religiosidad. Dichos individuos tienen una dotación inicial de tiempo que pueden dedicar a actividades seculares o religiosas. Ambas actividades son valiosas para ellos, esto es, producen “utilidad” en el lenguaje de los economistas. Cuanto más religioso sea el individuo, mayor peso tendrán las actividades religiosas en sus preferencias sobre la asignación de su tiempo, preferencias que vienen descritas por una función de utilidad. El problema de cada individuo es maximizar su utilidad eligiendo cuánto tiempo dedica a actividades seculares y cuánto tiempo dedica a actividades religiosas. El elemento novedoso tomado de la teoría de clubs es la utilidad asociada a la participación en actividades religiosas, cuya ponderación en la función de utilidad depende de la calidad de la experiencia religiosa proporcionada por los líderes de la religión.
Los resultados del modelo arrojan luz sobre los determinantes de la participación de los individuos en actividades religiosas y las características de dicha participación. Asimismo, el modelo permite entender el efecto de la competencia entre distintas religiones, que depende de la correlación de la religiosidad de los individuos entre ellas.