12 diciembre 2023
Miguel García-Baró López

La filosofía de la vida, a los 20 años de la muerte de mi maestro, Michel Henry

Resumen de la ponencia

Se han cumplido este curso pasado los veinte años de la muerte del filósofo al que más pude tratar y al que en gran medida conseguí introducir en el mundo de lengua española a través de traducciones, direcciones de tesis y ensayos: Michel Henry.

La personalidad de Henry era extraordinariamente atractiva. ¿A cuántos hombres habremos conocido que vivan tan solo en el mundo que les ha abierto su propio pensamiento, que ellos saben que es simplemente la vida diaria, solo que bien leída y gustada radicalmente? Henry, precisamente por este rasgo suyo fundamental, era a su modo un poeta, un deportista y un formidable connaisseur de arte -de pintura y de música, en especial-. Cuando la presión de la filosofía lo vencía por un tiempo, escribía novelas.

Solo cabía temerlo en la controversia, porque polemizando no usaba de piedad alguna y sigo encontrando víctimas suyas en cuanto yo lo alabo en Italia o en Francia. En realidad, la resonancia internacional de la filosofía de Henry empezó sobre todo tras su muerte en 2002.

Henry distinguía tres niveles de saber: el de la ciencia, el de la conciencia, el de la vida. Los tres son verdaderos; solo que sin el saber primordial de la vida no cabe que haya el saber de la conciencia, y sin este no hay manera de subir a ciencia alguna.

En esta acepción, de la vida es de lo que justamente no habla un tratado de biología, porque aquí la palabra quiere decir revelación inmediata a sí misma, puro sentirse y saberse directo. La vida es además crecimiento, autotransformación continua, en la que echa raíces la cultura. Y lo es porque también consiste en necesidad y, consiguientemente, en recursos para la satisfacción de necesidades que aumentan y se transforman a medida que se van satisfaciendo.

Yo no la controlo y, desde luego, no la creo, sino que, en todo caso, me debo ver a mí mismo como algo surgido en ella y de ella, a modo de un efecto. La vida es mía porque yo la vivo, pero adviene a mí, viene sobre mí, como desde un origen desconocido.

Henry no parte del cristianismo, pero pensó en los últimos años de su labor que los textos del Nuevo Testamento, y en especial, el evangelio de Juan, contenían la verdad que solo ahora exponía su fenomenología radical.