Sumario:
1. Aspectos generales de la transición exterior (1976-1988). 2. Consensos necesarios: prioridades estratégicas y universalización de relaciones. 2.1. Derechos humanos. 2.2. Integridad territorial. 2.3 Consenso sobre Europa. 2.4. Iberoamérica. 3. Disensos relevantes. 3.1. Sahara y Marruecos 3.2. Defensa: vínculo multilateral atlántico 3.3. Gibraltar. 3.4. Defensa: Vinculo bilateral con EEUU. 4. Reflexiones finales
(Sesión 14.04.2026)
Es sabido que durante la transición española hubo un proceso ejemplar de democratización de las estructuras políticas, económicas y sociales propiciado por la nueva Constitución de 1978. La política exterior de España no fue ajena a esos cambios democráticos y se benefició de aquel proceso de reconciliación.
La transición general fue iniciada por Adolfo Suárez con su proyecto de democratización desde julio de 1976. Tanto la transición general como la exterior se inicia con el nuevo gobierno de Suárez. No hay diferencia en el comienzo. Otra cosa es cuando terminaron una u otra. Por su especialidad (depender de los procesos de decisión de terceros Estados y organizaciones internacionales) la transición exterior se alargó hasta 1988 con la adopción de decisiones esenciales que llevaron a la actual “normalización exterior” y a las bases de la inserción de España en el mundo. La política exterior es el resultado de conjugar necesidades internas con posibilidades externas.
No hubo ruptura con nuestras dos constantes históricas tradicionales (Iberoamérica, Mediterráneo-Norte de África) ni con los dos ejes contemporáneos como la relación con EEUU y la ansiada integración europea. Los partidos importantes -incluido el Partido Comunista- compartían también la orientación histórica y cultural de nuestra relación con Iberoamérica. Y nuestra condición geográfica y también histórica con el Norte de África y mundo árabe. No se puede renegar de la geografía ni de la historia; no obstante, se dio un nuevo sentido y profundidad a las preocupaciones históricas heredadas de siglos y también de las décadas anteriores.
Los consensos de la transición inicial, coincidente con la primera etapa de debate y aprobación de la Constitución (1976-1980), propiciaron cambios ansiados en nuestra proyección exterior. Se aspiraba y se logró la universalización de las relaciones diplomáticas, económicas, comerciales y culturales. Se trataba de erigir un modelo global, coherente y realista acorde al nuevo contexto interno y a la vecindad geográfica e histórica de España. Y esa primera etapa logró la “etiqueta democrática” con el ingreso anticipado -por palabra de honor- en el Consejo de Europa (1977) y la adhesión al Convenio Europeo de Derecho Humanos (1979), además de la solicitud y aceptación de España como candidato oficial a las Comunidades Europeas (1977-78) -hoy, UE- y el inicio de las negociaciones (1979). Unos meses después se cerraba este ciclo de cambio con la solicitud de adhesión del Tratado Atlántico (1980). Todo este dinamismo con el mismo Presidente (A. Suárez) y el mismo ministro de Asuntos Exteriores (M. Oreja).
No siempre hubo consenso, si bien nunca hubo rupturas extemporáneas en la política exterior de España. Hubo giros naturales por el cambio de los tiempos (OTAN, Gibraltar, convenio con EEUU) y se establecieron escenarios con preferencia absoluta para la integración europea.
La inserción de España en la Europa integrada fue la gran novedad que aportó la transición: ese hito permitió la consolidación de la democracia parlamentaria y acabó legitimando los giros unilaterales del partido gobernante en los tres ámbitos de disenso sin revocación posterior de decisiones anteriores.
El largo Gobierno de González, desde antes del ingreso de España en 1986 en las Comunidades Europeas (UE), tuvo el propósito de “europeizar” nuestros intereses en las áreas tradicionales de influencia de España. El objetico era procurar influir en la política exterior europea y europeizar la política exterior española. En efecto, la política exterior española priorizó la dimensión europea, desarrollando una política relativamente autónoma, aunque fuertemente europeizada, respecto de América Latina y Mediterráneo
Las políticas, interna y exterior, interactúan y son tributarias entre sí. España depende demasiado del exterior, tanto por geografía como por su economía. Se puede constatar que los retos internos -la democratización- dieron un gran atractivo exterior a España y favorecieron la penetración política y económica en terceros Estados. Hubo una presencia activa de España en numerosos foros jurídico-políticos y organizaciones internacionales. La defensa de los intereses nacionales (territoriales, seguridad y defensa, comerciales, económico-financieros, etc.) en la UE y en el exterior dependió claramente de la fortaleza interna de la política.
Era decisivo para España tejer políticas de seguridad y a ello servían y confluía la integración europea, la relación atlántica y la relación bilateral con EEUU. La estabilidad y previsibilidad trajo políticas que favorecieron las inversiones extranjeras, pero también el salto de las empresas españolas hacia grandes regiones como Norteamérica, Latinoamérica y los socios europeos. Las políticas de cohesión, agrícola, económica, medioambiental y monetaria europeas fueron esenciales para nuestra estabilidad.
Se hizo un gran esfuerzo por redefinir y articular una política exterior coherente con nuestros compromisos históricos (Iberoamérica y el mundo árabe-mediterráneo) y, a su vez, romper un crónico aislamiento de España respecto de Europa y tender los anclajes multilaterales y bilaterales necesarios para la seguridad y defensa, cuya realización se abordarán en esta ponencia en sus líneas principales.
España, en un momento único de su historia, tuvo una clase política responsable y comprometida con la Nación y la ciudadanía española para lograr democracia, derechos humanos, Estado de Derecho y un bienestar impensable para la población. Las fuerzas políticas de la transición supieron estar a la altura del momento histórico (así, J.J. Linz, J.C. Pereira…).
Doce años de gloria. España gozó entre 1976 y 1988 de libertades y de bienestar, tuvo gran relevancia en la UE y clara influencia internacional que se prolongó casi diez años más hasta cerca del final del siglo de una acción exterior privilegiada. España, una potencia europea e hispanoamericana relevante, respetada muy por encima de sus capacidades reales económicas o militares en ese período.
La transición exterior mostró un Estado que supo afrontar problemas estructurales internos y externos, con una administración en la que importaba el mérito intelectual y la capacidad técnica. Eran gobiernos y una oposición con determinación para pensar en el futuro y para asumir sus obligaciones, con prestigio y capacidad para formular iniciativas, reglas y políticas en la UE y en Iberoamérica. España fue relevante e influyente.