7 marzo 2023
Carlota Solé Puig

Modernización: riesgos e incertidumbres en los tiempos postpandemia

Resumen de la ponencia

La pandemia COVID19 ha afectado a todas las sociedades de todos los países del mundo, ricos y pobres. En el contexto de nuevos riesgos e incertidumbres para la población de tantas sociedades a nivel mundial, del creciente avance de la ciencia y la tecnología, de la facilidad de las comunicaciones, de los transportes y de la distribución de mercancías y servicios, es pertinente retomar y revisar o aceptar críticamente el concepto de modernización como proceso de cambio social contemporáneo.

Como concepto, desde la sociología, modernización tiene una larga tradición desde los años 1960s. La identificación de modernización con occidentalización explica las confusiones semánticas y conceptuales con términos y conceptos paralelos (evolución, desarrollo, progreso, cambio social) y la reducción de modernización a imitación de Occidente (en la adopción de costumbres, maneras de vestir, expresarse, así como en la introducción de nuevos métodos de cultivo, de organización de la producción industrial o de servicios, de gobernarse, etc.).  Pero la existencia de muchos países de tradiciones religioso-culturales muy distintas a las naciones occidentales (algunos países islámicos, Japón, China) que preservan sus tradiciones culturales al mismo tiempo que adoptan nuevas técnicas y métodos productivos y distributivos de origen occidental en su programa político de “modernizarse”, conduce a una mayor clarificación del concepto liberándola de connotaciones etnocéntricas.

Modernización no conlleva automáticamente la democracia.  La industrialización puede coexistir con un régimen de fascismo, comunismo, con la teocracia. Pero los cambios socioculturales que acompañan a la modernización de una sociedad industrializada, en la que el conocimiento, la presencia de trabajadores altamente cualificados y educados capaces de pensar y elegir por sí mismos es patente; incrementan las posibilidades de que se desarrolle en ella el afán por la democracia.

Se sigue usando el término de modernización englobando el desarrollo económico, la estabilidad política y los cambios sociales y culturales en una sociedad, que se asocia etnocéntricamente a un Estado-nación (europeo, occidental). La influencia de la cultura y la importancia del sistema de valores se enfatizan frente al papel del desarrollo y aplicación de la ciencia y la tecnología. En la forma de aproximarse al fenómeno los cambios metodológicos son igualmente relevantes. Se utilizan correlaciones, regresiones simples y otros instrumentos estadísticos que acompañan a las argumentaciones teóricas.

Se presentan las definiciones de modernización desde los años 1960s. En los últimos años, se vuelve a poner el énfasis en la Tradición, en cómo el origen o punto de partida del proceso de modernización lo condiciona en su estructura y forma cultural. A través de diversos estudios empíricos, análisis factorial y regresiones lineales de países occidentales y no occidentales se constata el cambio metodológico experimentado al abordar este fenómeno. Se hace mención a la obra de Giddens y de Beck sobre la expansión del riesgo y la responsabilidad de prevenir y hacer frente a los males en la sociedad contemporánea donde el nivel cualitativo de autocrítica y reflexividad aumenta.

Emergen nuevas incertidumbres ante las crisis medioambientales, financiero-económica y  sanitario-económica. Unas son de naturaleza política, como la aparición de nuevos partidos políticos populistas. Una incertidumbre de mayor calado es la crisis de la verdad, ante la avalancha de informaciones falsas, big-data, inteligencia artificial y dispositivos informáticos como el ChatGPT o el BARD, los social-bots,  sistemas que piensan y actúan como humanos, que difunden contenidos emocionales como si fueran reales, realizados por una persona. A la par, la información se acelera en virtud de la presunta transparencia. La red digital deja de ser una muestra de libertad para acabar siendo de control y vigilancia, asumidos voluntariamente por los individuos.

No se pone en cuestión al conocimiento científico cuya certeza se entiende hoy como hipotética y probabilística. Se transmite a través de herramientas de la inteligencia artificial en lenguaje racional, predictivo, generativo, pero no suple la capacidad humana de hacerse preguntas científicas, ni la voluntad de querer conocer. Las máquinas tienen capacidad para procesar una enorme cantidad de datos, millones de repeticiones de un experimento en un laboratorio, generar respuestas precisas y relevantes a las consultas de clientes o pacientes, crear nuevos puestos de trabajo. Pero carecen de la capacidad de empatía, creatividad y juicio moral para tomar decisiones en pro del bienestar humano, la justicia social o la innovación responsable.