El año 1901, recién inaugurado el siglo XX, Sigmund Freud publicó un libro titulado Psicopatología de la vida cotidiana: Sobre el olvido, los deslices en el habla, las confusiones, la superstición y el error. En él estudiaba el problema de los actos que solemos llamar fallidos, casuales y sintomáticos, es decir, de aquellos que se caracterizan por haber escapado al control voluntario de la conciencia. Son lapsus mentis siempre, lapsus linguae en muchos casos y lapsus calami, en otros. En el lenguaje coloquial los llamamos “errores” y “equivocaciones”. Lo que Freud intentó demostrar es que esos actos que han sabido burlar el férreo control de la lógica que gobierna nuestra razón, no son, sin embargo, puramente erráticos, como tendemos a pensar, sino que obedecen a otra lógica más profunda, en buena medida inconsciente, de tal modo que a través de ellos salen a luz o emergen a nuestra conciencia los contenidos de nuestro subconsciente, razón por la cual a través de ellos podemos penetrar en esa dimensión de nuestro psiquismo generalmente inaccesible por la censura que sobre ella establece la razón. El libro citado de Freud finaliza afirmando que los actos fallidos, causales y sintomáticos son resultado del hecho de que la represión inconsciente es siempre incompleta, lo que hace que ese “material psíquico incompletamente reprimido, que es rechazado por la conciencia, no se encuentre despojado de toda capacidad de exteriorizarse”. Su exteriorización cobra la forma de lo que los psicoanalistas llaman “síntomas”. La mayor parte de las veces son “normales”. Pero si son normales y no cabe hablar de psicopatología ¿cómo denominarlos? Últimamente parece que se ha impuesto una palabra, “sesgos”, biases. El estudio de los sesgos en la toma de decisiones humanas está tan de moda que ha merecido dos premios Nobel, el de Daniel Kahneman, recientemente fallecido, y el de Richard Thaler. Lo más sorprendente es que ambos, psicólogos de profesión, han recibido el premio Nobel, pero no de Psicología, que no existe, sino de Economía. Y ello porque han ayudado a desentrañar la importancia de los sesgos en la toma de decisiones humanas.
El problema de los sesgos es que son inconscientes, razón por la que resultan tan difíciles de corregir. No piensa bien y utiliza la lógica adecuadamente quien quiere sino quien puede. Se necesita de ciertos conocimientos, algunas habilidades y sobre todo una adecuada actitud básica. Esta es la que Aristóteles llamó, en la Ética a Nicómaco, euboulía, buena deliberación, o capacidad de deliberar correctamente, algo que no cabe dar por supuesto en ninguna persona. Sobre que dos y dos son cuatro no se delibera, dice Aristóteles. Pero sí sobre las cosas que pueden ser de otra manera, y en las que cabe más de una posible solución correcta. Porque sí, hay cosas, muchas, en las que caben más de una solución correcta. De hecho, todas o casi todas las de la vida. Las proposiciones apodícticas se demuestran, pero sobre las dialécticas se delibera. Y así como las primeras dan verdad, en las segundas solo cabe la opinión. Y las opiniones no son en el rigor de los términos verdaderas o falsas, sino prudentes o imprudentes. Por eso hoy la ética del viejo Aristóteles aparece ante nosotros con un enorme potencial innovador, llamado a modificar drásticamente nuestros modos de pensar y actuar y, sobre todo, los programas educativos de las jóvenes generaciones. Términos como “deliberación” y “prudencia” cobran ahora un significado nuevo, con capacidad de cambiar muchas pautas de nuestro comportamiento, tanto individual como colectivo.