26 febrero 2025
Adela Cortina

¿Pueden ser personas los sistemas inteligentes?

Resumen de la ponencia

El sintagma inteligencia artificial nació el siglo pasado en la célebre conferencia de Darmouth de 1955 sobre máquinas pensantes, impulsada por John McCarthy, quien introdujo la expresión “inteligencia artificial” en 1956, refiriéndose con ella a la creación de máquinas que pueden tenerse por inteligentes porque interactúan con los seres humanos hasta el punto de que una persona ya no sabe si está hablando con una máquina o con otra persona humana. Al proyecto se unen Minsky, Rochester y Shannon. Y se entiende que la IA puede llegar a constituir un nuevo tipo de inteligencia.

     Desde su nacimiento la IA ha suscitado una gran cantidad de preguntas,  pero en esta intervención nos limitamos a una de ellas, que tiene un gran interés filosófico, tanto desde el punto de vista de la filosofía teórica como desde la perspectiva de la filosofía práctica: ¿los sistemas inteligentes (algoritmos, robots, máquinas)son sólo instrumentos que los seres humanos utilizamos y podremos utilizar en el futuro para los fines que nos propongamos, o podrán sustituir a los seres humanos porque irán cobrando paulatinamente el mismo estatus que ellos, incluso los superarán en cualidades morales, y no sólo en capacidad computacional?

     Ésta no es una pregunta de ciencia ficción. A un amplio conjunto de robots se les atribuye ya el calificativo de “autónomos”, un adjetivo que, si pudiera ser aplicado en serio, exigiría que se les considerara como personas, con todas las consecuencias que esa caracterización comporta. El universo de las personas se ampliaría entonces más allá de los seres biológicamente constituidos, como han sugerido transhumanistas y posthumanistas, pero también algunas intervenciones que forman ya parte de nuestra realidad social.    

     La ponencia comenta y critica la propuesta de mayo de 2016 del Comité de Asuntos Legales del Parlamento Europeo de crear personas electrónicas en el marco de la legislación civil para regular la robótica. Se trataba con ella de dar un estatus legal a los robots autónomos de vanguardia, para que sea posible reparar los daños que puedan causar cuando tomen decisiones autónomas o independientes de terceros.

     De hecho, aunque no en este contexto, autores como Martha Nussbaum defienden la existencia de “personas en sentido amplio” y “personas en sentido estricto”. Las personas en sentido amplio serían todas aquellas que son fines en sí mismas, porque gozan de unas capacidades propias, que deben ser empoderadas, como es el caso de los animales con capacidad de sentir. Por su parte, David DeGrazia afirma que hay animales no humanos, que son “personas limítrofes” entre lo que son personas de forma paradigmática y lo que claramente no son personas. Con ello se refiere a los grandes simios y a los delfines.

     Pero yendo más allá del mundo biológico, autores peculiares como Mo Gawdat proponen extender la Declaración de Derechos Humanos y elaborar una Declaración de todos los seres inteligentes y autónomos, una Declaración Universal de los Derechos Globales. No hacerlo –afirma- sería discriminatorio, incurrir en especismo, al atribuir un estatus superior a la especie humana y a los seres vivos frente a las IAs cuyo sustrato no es biológico, sino de silicio. La discriminación daría lugar a “biologicismo”.

     La pregunta clave es la siguiente: ¿pueden ser realmente autónomos los robots, al menos los que actúan independientemente de terceros y autoaprenden? Ése es el nombre que se les da, ¿pero es el nombre acertado o no hace sino generar confusión?

     La pregunta será, pues: ¿hay robots que pueden recibir el calificativo de autónomos, o es un antropomorfismo más de los muchos que pueblan el mundo de la IA? Un antropomorfismo que tiene la perversa consecuencia de desviar hacia otro lugar la responsabilidad de los verdaderos autores, que son personas humanas. La dignidad, por la que atribuimos un estatus especial a los seres a los que se la reconocemos no es un predicado natural, comprobable empíricamente, sino un predicado biocultural que no pude verificarse empíricamente, sino que tiene un fundamento metafísico, enraizado en una base biológica.

     Analizar en qué consiste ese predicado biocultural y acreditarlos con textos filosóficos permite dar un paso más y preguntar si puede atribuirse autonomía a robots supuestamente autónomos: vehículos autónomos, armas autónomas, o robots sexuales. Si son ontológicamente autónomos o sólo funcionalmente autónomos.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.