La trayectoria milenaria de Rusia en el ámbito de las Ideas y las Formas Políticas explica (desde luego: no justifica) la invasión de Ucrania ordenada por Vladimir Putin bajo el rótulo significativo de “operación militar especial”. En el siglo XI, la “Rus” de Kiev se convierte en la primera entidad política formalizada en aquel inmenso territorio: este mito historicista reivindica la condición genuinamente rusa de la Ucrania actual. Bizancio y su cesaropapismo influyen de forma determinante (Toynbee) en la mentalidad de los pueblos de origen eslavo. Tras la caída de Constantinopla, resurge la doctrina de la traslatio imperio: el famoso texto de Teófilo de Pskov proclama a Moscú como “tercera Roma”, la gran geocracia. Por eso, los ideólogos de Putin aseguran que nuestra raíz no es Europa, sino Bizancio, y que Occidente es “culpable” de los males de Rusia, un Estado-civilización cuya misión se orienta a devolver la hegemonía a la patria humillada.
Con Pedro el Grande había surgido una opción alternativa: San Petersburgo, producto genuino de la Ilustración europeísta, que concibe su propio mito: “el jinete de bronce”, de Pushkin preside la ciudad surgida de la nada. El contraste San Petersburgo (Europa) versus Moscú (Asia; al menos, Eurasia) influye sobre la gran cultura nacional desde el XVIII hasta nuestros días. El “baile” de Natasha descrito por Tolstoi en Guerra y Paz refleja con brillantez (O. Figes) esa alma escindida.
Tras algún apunte sobre la Revolución de 1917 y la evolución de la Unión Soviética hasta 1989, dejando tras de sí “una especie de Nada” (F. Furet), la ponencia concluye con un análisis del discurso ideológico que plantean los intelectuales más cercanos a Putin. En particular, Sergei Karaganov proclama una “Idea-Sueño” de la Gran Rusia frente a un Occidente nihilista en crisis terminal por causa de un “imperialismo liberal y globalista”. El primer paso, bajando a la tierra, es conseguir una victoria “total” en Ucrania. Lecciones de la Historia: Rusia nunca conoció la libertad política y no sabe (ni quiere) apreciar la virtud cívica propia de la democracia constitucional. El pasado ayuda a entender el presente; ojalá no determine el futuro.