Partiendo de la experiencia que da la coordinación de la Comisión Repara, de la archidiócesis de Madrid, que se enfrenta con el problema global de los abusos sexuales, de autoridad, de poder y de conciencia, la ponencia desarrolla el contraste entre una tesis esencial de la filosofía, a saber: que nadie puede hacer a otro bueno ni malo, sino cada uno a sí mismo -aunque se pueda contribuir de maneras indirectas, claro está, al bien y al mal de los demás- y la realidad de que las víctimas de las peores perversidades no se crean inocentes, sino realmente manipuladas y violadas no ya en su cuerpo, sino en su alma y hasta en su espíritu.

Para ello tiene que ser posible que haya una misteriosa intervención del otro perturbando el centro de la inocencia de su víctima, que cae después en el terrible fenómeno que ha descrito sobre todo Simone Weil, basándose en el libro de Job, como la desdicha.

La ponencia funda primero la tesis clásica sobre cómo el mal por antonomasia no es el dolor, sino la culpa, y analiza luego, sucesivamente, el análisis de la desdicha (malheur) en el texto principal que le dedicó Weil y los rasgos centrales de la doctrina de la acción según Emmanuel Levinas en Totalidad e infinito. Por el camino se aportan testimonios de supervivientes de la Shoá (fundamentalmente, Elie Wiesel) y de actuales víctimas atendidas -y en muchos casos muy recuperadas- por los terapeutas de la Comisión Repara.

Lo escandaloso no es el sufrimiento de los inocentes, sino que ese dolor se llegue a teñir en ocasiones de culpa y así se multiplique y entre en dimensiones teológicas y metafísicas que conciernen al centro de la antropología filosófica.