A lo largo de los últimos años, y desde extremos opuestos del espectro político, se han avanzado tesis paradójicamente coincidentes, señalando que América Latina pertenece a un universo cultural o civilizacional propio y distinto de lo que llamamos “Occidente”.

Ciertamente, esta es la opinión de parte del nuevo indigenismo latinoamericano que rechaza todo lo occidental en nombre de la preservación de esencias e identidades nativas que habrían sido destruidas por la colonización primero, y las repúblicas criollas después. Antes era Evo Morales en Bolivia, ahora es AMLO en México o Castilla en Perú.

Pero hete aquí que, cuando el presidente Trump se empecinaba en construir un muro con México para impedir la entrada de emigrantes latinos, los insultaba llamándolos bad hombres o acusándolos de violadores o asesinos, practicaba sin saberlo un tipo de rechazo y estigmatización simétrica, no exenta de racismo, pero que tiene detrás una importante tradición intelectual, como veremos.

De modo que, bien porque América Latina ni es ni ha sido nunca parte de Occidente (o no debería serlo), al que se rechaza (en visión nativista), bien porque no ha llegado aún a serlo o es algo propio y distinto (en visión trumpiana), América Latina y, por ende, lo “hispánico” o “latino” no forma parte de la “cultura” o de la “civilización” de Occidente.

Si en el sur se estigmatiza al “hombre blanco” que habría venido a polucionar la pureza de la cultura autóctona, en el norte se estigmatiza al nativo latino porque viene a polucionar la pureza del “hombre blanco”. El norte rechaza al sur en aras de su propia pureza y el sur rechaza al norte en aras de la suya.

Y más allá de que ambos coinciden en trazar una frontera cultural insalvable, lo único que les une es la común estigmatización de lo “hispano”, aunque por razones contradictorias: en un caso porque no es parte de Occidente, en el otro porque sí es parte de un Occidente que se rechaza.

La pregunta es pues inevitable: ¿es América Latina, lo “latino” o lo “hispano” parte de Occidente? O, al contrario, ¿hay una civilización latina o hispánica propia y distinta, diferente de la occidental? Preguntas que remiten a otra con larga historia: ¿es España parte de Europa, parte de Occidente? Y preguntas que malamente ocultan otra más profunda: ¿Qui prodest? ¿a quién le interesa esa expulsión de lo hispano del espacio cultural de Occidente?

Quiero recordar ahora una atinada observación de Xavier Zubiri, que es el eje sobre el que se articulan todas estas páginas. Pues en Naturaleza, historia y Dios, y al aludir a Grecia y la pervivencia del pasado, señalaba lo siguiente:

no es cierto que los griegos sean nuestros clásicos; más bien somos nosotros los griegos. Grecia constituye un elemento formal de las posibilidades de lo que somos hoy. Aludía con ello a que la cultura griega vive en nosotros y no es algo pasado sino actual y, cuando nos ponemos a pensar, Grecia está pensando dentro de nosotros; somos griegos, nos guste o no. Creo que es una idea muy inteligente. Pero lo que vale para el pensamiento y la filosofía vale también para muchas otras cosas. Y si vale para los griegos, ¿qué decir de los romanos? Veamos algunos datos bien conocidos.

Los españoles, hablamos latín, latín vulgar; nuestro derecho sigue siendo, en esencia, el derecho romano; nuestra religión mayoritaria es la religión oficial del Imperio Romano; nuestras familias siguen las costumbres romanas, nuestra agricultura es romana, y cuando yo era joven el arado y la báscula romanas todavía se usaban por los labradores españoles; nuestra arquitectura y nuestro urbanismo, las calzadas y caminos, son romanos. Nuestro nombre es un nombre romano, Hispania. En resumen, los latinos, no son nuestros clásicos pues, en más de un sentido, somos romanos y latinos. Cuando percibimos a China como un país milenario debemos responder que hay tanta o más diferencias entre la dinastía Quin y la China actual, que entre Roma y nosotros.

Pero el término “latino” apunta directamente a lo que España y Portugal hicieron en este hemisferio: romanizarlo e incorporarlo a la cultura occidental. España y Portugal hicieron en América Latina lo mismo que Roma había hecho con nosotros 1.500 años antes: romanizarnos.

Efectivamente, cuando España llegó a América, extensísimos territorios (casi toda la América del Norte y toda la cuenca del Amazonas) estaban poblados por una miríada de grupos aislados de cazadores-recolectores que conocían a sus vecinos y poco más. La diversidad lingüística que todavía sobrevive en América Latina -más de 1.000 lenguas vivas-, da una idea aproximada del patchwork de pueblos que debía ser la América pre-colombina.

Los españoles chocaron con dos civilizaciones importantes aunque ya en claro declinar, como lo prueba la facilidad de la misma “conquista”. América, propiamente, se ignoraba a sí misma, como España se ignoraba antes de ser unificada y etiquetada por Roma.

Y se da la circunstancia de que los mismos elementos culturales que unificaron a España y Portugal fueron lo que, más adelante, unificaron América Latina: dos lenguas romances, el castellano o el portugués; una religión romana, el cristianismo; el derecho romano; la arquitectura mediterránea; las ciudades (siguiendo el modelo del castrum romano); la red de caminos (siguiendo el modelo de las calzadas romanas); incluso la agricultura.

De modo que es la común pertenencia a la “familia cultural de occidente” lo que le otorga a Latinoamérica una unidad que en absoluto existía antes. Es más, le otorga un grado de unidad muy superior a la que se puede encontrar en otros continentes como Asia, África, e incluso la misma Europa, regiones que exhiben una diversidad interna que no encontramos en América Latina (ni siquiera en América como un todo).

Pero América Latina parece hoy ensimismada en sus problemas y no acaba de asumir responsabilidades globales. Los estudios del Real Instituto Elcano sobre la presencia exterior de los países y las regiones muestran reiteradamente que la presencia actual de América Latina en el mundo es muy escasa, sólo superior (y no en mucho) a la del África subsahariana, y por debajo del mundo árabe-islámico. Sin embargo, tiene una potente presencia en Naciones Unidas y en el G20 (Brasil, Argentina y México, además de España) pendientes de activarse.

Latinoamérica debe reclamarse como lo que es, una parte esencial de la civilización occidental. Esto es bueno para España, por supuesto, pero es, sobre todo, esencial para Europa y la misma América. Mucho más cuando el giro hacia el indo-pacifico de Estados Unidos se acelera, y este país parece optar por restaurar la vieja “angloesfera” – como la llamaba Churchill- que lideró las dos grandes guerras e incluso la guerra fría, marginando tanto a la vieja Europa como a América Latina.

Occidente camina sobre tres patas (la vieja Europa y las dos Américas), no dos, y estoy seguro de que Turner diría hoy que la historia contemporánea nos ha colocado a todos en el mismo lado de la frontera que, ahora sí, separa la civilización de la barbarie.