En la España de la crisis: ¿cuál ha sido la estrategia de selección de problemas? Para una nación que ha cedido su soberanía monetaria, los desequilibrios financieros resultan inmanejables al traspasar cierto umbral, porque sólo se pueden financiar en los mercados internacionales. Si éstos entran en una etapa de desconfianza, como ocurrió, dudan primero de los más endeudados y ponen condiciones cada vez más duras. El riesgo de no poder hacer frente a los compromisos de pago, remoto para quien dispone de la capacidad de crear dinero, es una realidad tangible para quien ha cedido su soberanía monetaria. Estos problemas se convirtieron de inmediato en acuciantes.

Ahora bien, por muy dramática que resultase, no era esa toda la realidad. A esa situación se había llegado por un conjunto de errores de política económica y deficiencias institucionales, que habían promovido un modelo de crecimiento insostenible y permitido la acumulación de profundos desequilibrios en una economía que disponía de limitadísimos instrumentos para recuperar la estabilidad. Además, toda gran crisis hace más profunda y visible la desigualdad y alienta la marginación y el malestar social, que, si no se corrige, se transforma en riesgo político.  Aunque menos urgentes, las disfunciones institucionales, las carencias para un modelo de crecimiento equilibrado y la amenazante falta de cohesión social, eran los problemas importantes de la economía española.

Por supuesto, no podían ser abordados de manera consistente sin resolver, simultáneamente, los ahogos financieros. De manera que aquella situación tan dramática era también una oportunidad para una estrategia reformista, si se establecían nexos entre lo urgente y lo importante, se explicaba exhaustivamente y ganaba el apoyo de la opinión. Pero no ha sido el caso. La estrategia lo largo de la crisis ha sido la de seleccionar unos problemas y relegar otros. Hasta el presente, cuando la tentación que empieza a imponerse parece ser la de relegarlos todos.

La crisis ha tenido tres etapas. La primera, hasta mediados de 2010, fue la del atajo equivocado. En ella se dio toda la prioridad a lo que el Gobierno del momento consideraba lo importante, con sacrificio de lo urgente, en una elección voluntarista, pero carente de futuro. La segunda fue la del ajuste, con olvido de las reformas, que se extendió hasta mediados de 2013 en dos fases y acabó con un éxito parcial. La tercera es la del crecimiento y en ella parece haber acabado por dominar la tentación de relegar tanto el ajuste como las reformas.

La crisis ha sido, y todavía es, una etapa dramática en la vida colectiva española, pero, por eso mismo, pudo haberse convertido en una oportunidad para solucionar algunos de los problemas de fondo que atenazan nuestra economía. Para conseguirlo se debió haber impuesto, en terminología hirschmaniana, la visión del reformista, en lugar de la estrategia de los problemas escogidos y relegados, que ha sido la imperante en la política económica.