Juan Pablo II quiso que su primera visita pastoral a España en 1982 (31.X-9.XI) culminase en Santiago de Compostela en una jornada que concluyó con su discurso sobre Europa. Al Papa lo motivaba la situación del continente, y recordar a España su papel en el nacimiento y la configuración espiritual, cultural y política de Europa. Una Europa que, en 1982, presentaba división geopolítica, con el telón de acero, el Muro de Berlín o los gobiernos socialistas-liberales: en política exterior y de defensa, apoya a la Alianza Atlántica; y donde, a la crisis económica de los 70, con pérdida de nivel de vida y descontento social, se añade el cuestionamiento de los fundamentos del diseño de las constituciones democráticas de los primeros años de la postguerra.

El mayo universitario de 1968, la «Primavera de Praga» del mismo año, las huelgas y movilizaciones universitarias, las manifestaciones, los disturbios callejeros… reflejan el descontento. Buscan la liberación de los vínculos «de la religión y la moral cristiana de sus mayores, de su cultura, del orden económico, social, político y jurídico de sus instituciones, de lo vivido en la Universidad y fuera de ella». Ideales que encontraron «resonancia teológica y pastoral» en las confesiones protestantes y en la Iglesia católica. Se opta por los pobres. Surge la Teología de la Liberación.

Juan Pablo II inicia su discurso con una síntesis de los datos de la peregrinación a Santiago en los siglos XII y XIII, mencionando algunos de sus protagonistas principales, como los monjes benedictinos de Cluny. «Europa entera –dice- se ha encontrado a sí misma alrededor de la memoria de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente». Para el Papa, la peregrinación a Santiago favoreció «la comprensión mutua de los pueblos europeos tan diferentes». «La identidad europea es incomprensible sin el cristianismo» es su tesis. «Todavía en nuestros días el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respecto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz».

La Europa del último tercio del siglo XX está caracterizada por una crisis civil y religiosa. Y una Europa dividida, marcada por las ideologías secularizadas y el nihilismo; y por la pérdida de unidad de la Iglesia, y una posible crisis teológica. Todo se puede superar «si Europa vuelve a reencontrar su historia» y los valores cristianos. Por ello, la invita a abrir las puertas a Cristo. Y recuerda la aportación de la Iglesia a la configuración cristiana de sus orígenes y su desarrollo: santa Teresa de Jesús, san Maximiliano Kolbe, san Benito de Nursia, y los santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa. La principal aportación de la Iglesia hoy reside en el testimonio de servicio y amor, generoso y desprendido, de sus fieles y comunidades.

Volver a leer este discurso «anima a intensificar el estudio multidisciplinar de los problemas más graves que afectan hoy a las sociedades y a los ciudadanos de los países de la Unión Europea» y «a descubrir su hondura humana, ética y espiritual para re-encontrar la vía personal y comunitaria de su solución en un diálogo entre fe cristiana y razón sincero e intelectualmente responsable».