A lo largo del tiempo la tiranía ha recurrido al terror para frenar la expresión libre, y, sin embargo, el mecanismo más sutil para silenciar propuestas, entrañado en la naturaleza de nuestro ser social, pasa a través del repudio de la opinión pública.

Ésta es la tesis del libro La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, publicado en 1982 por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. En el texto la autora formula una teoría, que ella misma conecta a menudo con el apotegma de Tocqueville: la gente “teme al aislamiento más que al error”. El nombre de esa teoría es “la espiral del silencio”. Aunque la gente vea claramente que algo no es correcto, se mantendrá callada si la opinión pública se manifiesta en contra. La opinión pública es, por tanto, el conjunto de opiniones y conductas que pueden mostrarse en público sin temor al aislamiento, porque conforman un consenso sobre lo que constituye el buen gusto y la opinión moralmente correcta.

¿Domina la vida pública un punto de vista porque es el más verdadero? En absoluto, triunfa porque en todas las sociedades, también las democráticas y tolerantes, funciona la autocensura de aquellas opiniones que no van a ser bien acogidas. Esto es evidentemente una mordaza para la libertad de expresión y un verdadero obstáculo para la democracia.

Porque podríamos decir que de igual modo que las democracias en los último tiempos no mueren por aparatosos golpes de estado y por asonadas, sino por el paulatino deterioro de las instituciones y porque pierden fuerza unas reglas de conducta no escritas que la comunidad aceptaba y respetaba, como aseguran Levitsky y Ziblatt, tampoco desaparecen una gran cantidad de propuestas del mercado de las ideas porque dejen de ser convincentes tras un debate abierto, sino porque las silencian quienes temen al aislamiento más que al error. Y yo añadiría: más que a la mentira, sobre todo en tiempos de presunta “posverdad”.

Sin embargo, sobre todo desde el siglo XVIII surge una tradición de opinión pública confiada en que la humanidad ha iniciado un proceso de ilustración, en virtud del cual va abandonando los andadores infantiles y se atreve paulatinamente a servirse de su razón. “¡Atrévete a servirte de tu propia razón!”- es la divisa de la ilustración (Kant), porque el problema no es de falta de inteligencia, sino de falta de valor para atreverse a apostar por la autonomía.

Y es que casi todas las concepciones de opinión pública están relacionadas con un concepto normativo de opinión pública, que defienden autores como Habermas, Rawls y cuantos proponen una democracia deliberativa, y un concepto descriptivo, que la entiende como control social.

El segundo es crucial para el cambio de opiniones en la sociedad, y se sirve de valores morales y estéticos para acallar a los contrarios. La intervención pasa en una segunda parte a ocuparse de lo que se ha dado en llamar la agresión moralista y de la insistencia de algunos autores en que la democracia exige una desmoralización de la sociedad para poder funcionar a través del pacto y la negociación.

Es una concepción de la moralidad totalmente insostenible y de ahí que la intervención intente aclarar en qué medida se basa sobre una incorrecta comprensión de la naturaleza de la moralidad.

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