Hace tres años presenté una ponencia titulada “Por una cultura de la vejez”. Hay una cultura de la que cabe llamar “primera edad” y otra de la “segunda edad”, pero no parece haberla de la “tercera edad”, una etapa cada vez más importante en la vida humana, aunque solo sea porque el aumento de la esperanza media de vida durante el último siglo ha hecho de ella un tercio de la duración total de la vida, pero sin un objeto claro. Parecen ser más bien años de ocio, sin otra consigna que el dolce far niente. No hay rol específico para el viejo en nuestra sociedad. Por eso resultan tan llamativos los resultados que en estas últimas décadas se han venido publicando sobre lo que se ha dado en llamar la “hipótesis de la abuela” (the grandmother hypothesis), según la cual la temprana menopausia de las abuelas es un fenómeno adaptativo surgido en la evolución humana para hacer posible la ayuda a sus hijos e hijas en el cuidado y crianza de los hijos de éstos, y por tanto de sus nietos. Esta mayor implicación emocional de las abuelas en el cuidado de los nietos es un importante logro evolutivo, al hacer posible que sus genes se transmitan en mayor número a la descendencia. Lejos de resultar personas inútiles, las abuelas desempeñan de este modo un claro e importante papel evolutivo.

Aristóteles dice en la Ética a Nicómaco que hay cosas que valen por sí mismas, y otras que tienen valor por su referencia a otras. Estas se miden en unidades monetarias, en tanto que las otras, no. No todo puede comprarse y venderse. ¿Puede medirse en unidades monetarias la dignidad, o el amor, o la amistad, o tantas cosas más? Estas cosas son las más importantes en el proceso educativo de las nuevas generaciones. Pero no son las que se cuidan más en los programas de formación. Durante la primera etapa de la vida se educa para la segunda, aquella en que tiene que primar la eficiencia, que es el modo de medir los valores instrumentales. Pero no se educa para la tercera, aquella que debería ocuparse de lo que resulta poco y mal atendido en la etapa anterior. ¿Quién puede ocuparse de esto? Sin duda la tercera edad, por más que a ella tampoco se la haya educado para tal tarea. Es necesario ampliar la “hipótesis de la abuela” de que hablan los teóricos de la biología del comportamiento, y proponer una “cultura de los abuelos”, que a la vez que ayude a éstos a definir sus objetivos como grupo etario, sirva para añadir valor a la sociedad de la que forman parte. Porque si no lo hacen ellos, corre el peligro de que se quede sin hacer. Como en parte ya está sucediendo.