Precisamente en función de esta amenaza de una guerra incesante,   “el estado de paz debe ser establecido” (PP,50) hay  que producirlo e instaurarlo en la conciencia ciudadana y en las instituciones sociopolíticas de convivencia. Se invierte así radicalmente la sentencia clásica “si vis pacem, para bellum” en esta otra, propuesta por Dieter y Eva Senghaas: “ si vis pacem, para pacem”, si quieres la paz, comprométete con su realización práctica. La paz es para Kant un ideal de la razón y en cuanto tal es en sí mismo inalcanzable, no ya  solo porque sea una idea pura, sino porque sería tanto como desconocer la raíz viciada de mal en la naturaleza humana. Mientras haya una voluntad perversa en el mundo será posible la guerra. Esta idea  racional actúa a modo de un órgano crítico/ heurístico,  que,  a la vez que permite detectar situaciones históricas de violencia, alumbra salidas prácticas para acercarnos asintóticamente al ideal. De ahí que  su exigencia  se convierta en una tarea moral insoslayable para la humanidad en su conjunto, pero precisa de un proceso práctico para su implantación en el mundo. Por eso su opúsculo se titula, en contra de cómo suele nombrarse,  “Hacia la paz perpetua. No es la afirmación de una tesis metafísica, sino la  propuesta racional de un proceso histórico/jurídico, armado con una legitimación moral.  Kant nos propone un salto cualitativo de la humanidad en el tránsito del estado natural en que viven los Estados, con derecho a la guerra y en permanente amenaza de ella,  al estado social, en que firman entre sí un pacto originario y se obligan a convivir bajo leyes públicas  y una autoridad internacional capaz de hacerlas cumplir. A primera vista esta idea no puede ser más utópica: parecería una república puramente racional de  naciones. Pero importa distinguir  entre la idea racional, que es en sí misma un ideal, arduo y exigente, en sí inalcanzable, y el camino histórico y jurídico de su realización, que no es una absurda quimera, porque son las cosas mismas las que nos fuerzan  a perseguirlo y emprender el proceso para promoverla  y acercarse a ella en la medida  de lo posible (MC, pr. 61).

A su vez, hay que aclarar  que tal pacto  no tiene que sustentarse solo en  buenas intenciones o  motivaciones morales. Kant es un racionalista y a fuer de tal, cree en la potencia de la voluntad racional para crear instituciones a su medida, aun en medio del estado de necesidad, o mejor, precisamente porque hay un estado de necesidad que urge a su superación.  Es cierto que a veces cae en la presunción propia de un alma recta.  Confía, por ejemplo, en el respeto generalizado al derecho. “El homenaje –dice–que los Estados tributan al concepto de derecho (por lo menos de palabra) demuestra que en el hombre habita una mayor –aunque todavía no desarrollada—tendencia al bien moral” (PP,61). Pero, fundamentalmente apela a argumentos racionales sobre tendencias históricas  en curso que obraban ya en su tiempo a favor de esta  alianza de naciones, tales como,  1) la naturaleza pacífica de las repúblicas; 2) la fuerza asociativa del comercio  mundial y 3) la función de la esfera pública política”. En virtud de ellas, puede Kant  formular su proyecto de tratado de paz en tres principios constitutivos.