A tenor de esta sentencia, habría que reconocer que “el número de los necios es infinito” como enseña el Eclesiastés, lo ha  sido siempre y lo es también hoy, con la paradoja de que  cuando más se insiste en proclamar  retóricamente la dignidad del hombre, más sistemáticamente se la vulnera o se la deja caer sin Consecuencias. Hoy está  consagrado popularmente como un tópico que “todo hombre tiene un precio”, y, por tanto, a mayor precio más valor.  Y como reverso de este cinismo moral, se estila un blando y piadoso humanitarismo, para el que todo se le vuelve derechos, sin hacer cuenta de la dimensión sustantiva del deber. Pero, “derecho” y “deber”, en sentido jurídico estricto, son términos correlativos y gemelos en su rango, y así se recoge en el artículo primero de la  “Declaración de los Derechos del Hombre”:    

            Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y  dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Ambos términos “derecho” y “deber” se mantienen en Kant  correlacionados sobre la base de un mismo fundamento:” Todo hombre –dice—tiene un legítimo derecho al respeto de sus semejantes y también él está obligado a lo mismo, recíprocamente, con respecto a cada uno de ellos”(MC,IIª,pr. 38). Me pregunto si hay una opinión pública internacional que  mantenga el vigor este principio y si puede ésta, a su vez,  mantenerse viva   sobre tan débil autoconciencia moral. Es difícil  creer en   los derechos humanos sin  creer en el hombre, ésto es, sin conciencia ética de su dignidad. ¿Y dónde puede estar la sede de esta  dignidad sino en la propia  conciencia moral  que lucha por  promoverla?. Recordando a Miguel de Unamuno, a quien Machado veneraba como su maestro, pudo escribir  el poeta en uno de sus apuntes últimos: 

           La última gran revolución política no invocó los derechos del ciudadano, proclamó los derechos del hombre. ¿Por qué se olvida esto frecuentemente?.     Unamuno no lo ha olvidado nunca. Pero Unamuno piensa que mal puede el hombre invocar sus derechos sin una previa conciencia de su hombría.

A esta hombría sustantiva quiero referirme hoy con el tema de la  dignidad,  fundamento  reconocido de todos los derechos humanos, que en esta idea  sustentan su legitimidad moral y jurídica.

                                   …………………….

El término “dignidad”, según Kant,  es la categoría, que  compendia, como una cifra,  esta tríada de fin en sí, valor absoluto o incondicionado y valor interior. No es ahora un rango ontológico, en sentido metafísico,  sino la cualidad intrínseca  de la subjetividad moral.

           

En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio  puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por       encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, esto tiene dignidad (GMS,2º, Ak, IV,434;, trd.515).

A la distinción entre cosa/persona, viene a sumarse la de precio/dignidad, como un nuevo círculo concéntrico de esclarecimiento. El precio es un índice del valor mensurable en la demanda y el intercambio social. Y al igual que la moneda permite la conversión  de la diferencia cualitativa de las cosas en cantidad, y reduce los valores de uso de las mismas a simple valor de cambio, cabe pensar que  los dones naturales, las dotaciones, las capacidades humanas, por muy heterogéneas que sean, pueden  ser comparadas y resueltas en una escala valorativa, y en última instancia, recibir  un precio en la estimación social. Lo incomparable, lo único, lo que no puede tener precio es la fuente de todo valor en la autonomía moral, en  aquel acto en que se expresa  la entera y verdadera libertad humana.  La ética comienza de nuevo en cada hombre en un acto de  decisión única. Dignidad es este valor in-condicional, in-calculable e in-comparable del sujeto libre, de todo hombre, en cuanto es capaz de darse la ley a sí mismo. La pregunta ¿digno por qué?  se responde en Kant  apelando a la participación en una legislación universal. Pero si  nos preguntáramos ¿digno de qué?. La respuesta es  escuetamente: digno de respeto. No solo digno de la felicidad, si cumplo con la ley, como  piensa Kant, (KpV, Ak, IV,130), sino, inmediatamente, digno de respeto por parte de cualquier otro hombre, por el simple hecho de ser libre o sujeto de moralidad.  Tal valor se capta en el sentimiento moral de respeto (Achtung), que nada tiene que ver con la autoestima, por muy fundada que sea, pues  ésta forma parte del amor propio, mientras que el respeto de sí se debe a ser partícipe en “la legislación universal”(GMS 2º, Ak, IV, 435), y, por tanto, miembro de un “reino de fines en sí”, de una república noumenon  de seres libres e iguales.

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