Miguel Servet nació en 1511 y fue quemado vivo en 1553. Hace, pues, quinientos años de su nacimiento. Quinientos años es siempre una fecha importante, pero sobre todo en el caso de Servet, porque ahora es cuando empezamos a situar de modo correcto su figura y a tener una idea clara de su contribución a la historia de la Humanidad. Cabe decir que ha costado quinientos años hacerse una idea cabal de su vida y de su obra. Todavía a comienzo del siglo XX, en 1911, cuarto aniversario de su nacimiento, Servet no era celebrado más que por los entonces llamados librepensadores. Tal fue el caso de Pompeyo Gener, quien publicó en tal fecha un libro exaltando al Servet librepensador. Ese mismo año, la revista El Motín, un semanario satírico, republicano y anticlerical, pretendió organizar un homenaje a Servet, el primero que iba a recibir en España. Ante el nulo apoyo que encontró y la oposición tanto de las fuerzas políticas como de las eclesiásticas, los organizadores abandonaron su propósito. Es a partir del cuarto centenario de su fallecimiento, en 1953, cuando se inicia lo que Ángel Alcalá ha llamado “el nuevo florecer del servetismo”. Ese año se publicaron varios estudios importantes, uno el de Roland H. Bainton Hunted Heretic: The Life and Death of Michael Servetus 1511-1553, y otro el de John F. Fulton, Michael Servetus, humanist and martyr. El proceso abierto entonces ha culminado medio siglo después, por obra de dos incansables promotores de la causa servetiana, Julio Arribas Salaberri y Ángel Alcalá. A este último se debió la organización del congreso internacional “Miguel Servet: ciencia, religión, tolerancia”, celebrado en Zaragoza entre el 20 y 2l 26 de octubre de 2003, y la edición de las Obras Completas que bajo su dirección han publicado las Prensas Universitarias de Zaragoza entre los años 2003 y 2007. De ahí la necesidad de someter a revisión el pasado y el presente de los estudios servetianos, lo que a la vez nos permitirá reflexionar sobre aquello que constituyó el santo y seña de toda su vida, a saber, la fidelidad y entrega a una profunda experiencia religiosa.

            A lo largo de los quinientos años transcurridos, tres han sido las interpretaciones dominantes del pensamiento y la obra de Servet. La primera fue la que dio de él su gran enemigo, Calvino, en su obra más famosa, Institutio religionis christianae. Contra ella escribió Servet su Christianismi restitutio. El celo de las respectivas inquisiciones hizo que este libro casi desapareciera por completo, y que la imagen circulante de Servet fuera la nada imparcial elaborada por Calvino. Los menores epítetos que le prodiga son los de loco y sofista. A finales del siglo XVII, cuando se descubrieron las páginas en que describió la circulación menor de la sangre, surgió un nuevo estereotipo, el de Servet como gran científico. Fue el dominante en los siglos XVIII y XIX, habida cuenta de lo coherente que resultaba con las categorías positivistas entonces en boga. En el siglo XX ha surgido un tercer modelo interpretativo, el de Servet como paladín de la tolerancia religiosa y la libertad de conciencia. La reciente polémica entre Ángel Alcalá y Henri Kamen demuestra que tampoco con desde tales categorías es posible dar cuenta suficiente del conjunto del pensamiento servetiano. De ahí la necesidad de dar con la clave de bóveda de toda su obra, es decir, con lo que fue su verdadera vocación, aquella que dirigió toda su vida y por la que acabó inmolándose. Servet fue un reformador religioso, más aún, un miembro muy destacado de la corriente “restitucionista” que en el siglo XVI buscó ir más allá de las reformas católica y protestante, devolviendo el cristianismo a la pureza y a la simplicidad de sus orígenes, mancillados en la larga noche de los siglos medievales.   

            Este afán restitucionista servetiano resulta hoy más comprensible que en otras épocas. En la actualidad ya preocupan por lo general las disquisiciones teológicas que a la altura del siglo XVI llenaban no sólo las aulas universitarias sino también las representaciones teatrales y hasta los debates en las plazas públicas. No suele prestarse atención, incluso entre cristianos, al modo como alguien interpreta el misterio de la Trinidad o el problema de la predestinación. Lo que hoy se ve y vive como prioritario es algo más elemental y básico, sin lo cual todo lo otro pierde sentido. Eso más primario, fundamental, es lo que cabe denominar la experiencia religiosa, y en el caso del cristianismo, la experiencia cristiana, más acá o más allá de todas las especulaciones. Y eso es precisamente lo que ocupó y preocupó a Miguel Servet, aquello a lo que dedicó su vida y por lo que se inmoló: llevar la religiosidad cristiana a su terreno original, el de la vivencia que de ella tuvieron las primeras comunidades cristianas, la experiencia religiosa y cristiana de gente sencilla, expresada en lenguaje popular, ajeno a las grandes disquisiciones abstractas; restituir el cristianismo a sus orígenes, aquellos que en su opinión nunca debió abandonar.

            Enfocado desde esta perspectiva, el pensamiento de Miguel Servet es de una extraordinaria riqueza y de enorme actualidad. Es una de las almas más profundamente religiosas y más sinceramente cristianas de la historia; todo un modelo de experiencia religiosa. Esto es lo que él quiso ser, y lo que ni los teólogos ni los científicos han sido capaces de valorar positivamente. No fue un teólogo especulativo, tampoco un paradigma de científico moderno, ni incluso un teórico de la tolerancia religiosa y de la libertad de conciencia. Fue y quiso ser algo más simple, y para él de mayor importante, un hombre religioso, un sincero cristiano. Algo, que por lo que se ve, para casi todo el mundo resultó intolerable.