A vueltas con la autonomía, una vez más, quisiera explorar hoy un nuevo territorio que ha alcanzado en la sociedad moderna un singular desarrollo. En contra de lo que suele creerse, no hay un sentido unívoco de autonomía. El  uso y abuso de esta idea, casi mitificada,   genera a veces equívocos, debidos en buena parte a las inflexiones semánticas del término, según se refiera a distintas esferas de  actuación  de la libertad. Hay la autonomía moral, a la que definió Kant como “la propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma”(GMS, Ak, IV, 446-7). Podríamos llamarla también la autonomía de la  persona, en cuanto agente moral, clave de su dignidad y fundamento, a su vez, de los derechos humanos. En conexión con ella,  se da también una autonomía política o del ciudadano, en tanto que es co-legislador y miembro de una sociedad democrática, ésto es, no sujeta a otra legislación que la que emane de sí misma, en aquellos asuntos que  conciernen al interés público.  Pero, entre ambos, por así decirlo,  entre el orden nouménico, que diría Kant, de la libertad trascendental y el orden civil de la libertad política, se encuentra la autonomía del sujeto o del yo individual  como soberano del sentido y el valor de su propia vida. Se trata, conviene advertirlo, de una distinción meramente conceptual, relevante para dilucidar  determinados  problemas o tensiones que se presentan en la práctica, pero que no supone una fractura interna del yo,  pues el hombre es conjunta y unitariamente persona, individuo y ciudadano. Estos tres conceptos se copertenecen intrínsecamente y son igualmente co-originarios a partir  de una raíz común. Creo que este tercer significado,– la autonomía del sujeto–,  ha llegado a ser tan relevante en el hombre de hoy que eclipsa con frecuencia los otros dos, al acaparar la atención  casi en exclusiva, pero, por desgracia y muy a menudo, en una forma degenerativa que incurre fácilmente en la arbitrariedad y el  capricho. Cuenta, sin embargo, esta autonomía con un viejo y preclaro abolengo en la cultura liberal.

Ser sujeto es, pues, la condición trascendental de que haya mundo objetivo, y por lo mismo, un acto que repele ser interpretado como mero objeto y rebajado al régimen de las cosas, que le están sometidas. No es ya el sujeto (sujet), sometido (assujetti)  por algo ajeno, sino aquel que se sujeta a sí mismo (soi-même) y no se vincula con otra ley que  la que es capaz de darse a sí mismo. Se trata de la experiencia fundamental de la libertad moderna  en esta  potencia o voluntad racional de constituirse en centro  animador del mundo. Una caracterización de la libertad moderna subjetiva podría resumirse en los siguientes términos: a) la libre  disposición de sí en cuanto está entregado a su propia solicitud o cuidado; b) la tarea de darse forma, eligiendo una figura de existencia,  y posibilitando con ello la  erección de un mundo y c) la autovinculación responsable  a su obra, en cuanto producto de su libre querer. El sujeto es pues el individuo  que se ha determinado a sí mismo en lo que es. No es el caso de un género universal, sino que el verdadero individuo constituye un universal concreto. En lo que sigue me propongo tratar de la autonomía del sujeto en una triple dimensión: la estética existencial del egotismo, la ética de la vocación y la política de la diferencia.