14 septiembre 2022
Julio Iglesias de Ussel

Homenaje a Stanley Payne

Intervengo como miembro de la Mesa Directiva de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, ante la obligada ausencia de nuestro Presidente, el Profesor Benigno Pendás, por un compromiso ineludible fuera de Madrid. Y lo hago para unirnos, con todo entusiasmo, al homenaje al gran historiador e intelectual que es STANLEY PAYNE. Una muy feliz iniciativa de la Sociedad de Estudios Contemporáneos (SEC) KOSMOS-POLIS y en particular de Jesús Palacios. Y agradecer también a la institución que nos acoge, el CEU, por su hospitalidad y permanente compromiso con el compromiso público, gratitud que sintetizo en la persona de su Presidente, Alfonso Bullón, y a todas las instituciones hoy presentes para expresar nuestra admiración, gratitud y afecto a Stanley Payne por sus enormes aportaciones al esclarecimiento de páginas esenciales de nuestra Historia.

Payne ingresó en nuestra Academia en 2012 a propuesta de tres muy ilustres miembros -Marcelino Oreja entonces Presidente, Juan Velarde Vicepresidente y José Ángel Sánchez Asiaín, quien entre otras muestras de su relevancia baste mencionar que publicó, aquel mismo, año su monumental investigación dedicada a la Financiación de la Guerra Civil Española con más de 1.200 páginas-. La Academia con el apoyo a su ingreso por unanimidad, evidenció el total reconocimiento y pleno apoyo a su muy extensa y rigurosa dedicación al minucioso estudio de nuestro pasado. Una tarea en la que ha gozado ya en España innumerables reconocimientos, premios, distinciones, Doctorados Honoris Causa y medallas, imposibles de enumerar ahora. Pero me importa destacarlo por su singularidad. Solo biografías tan excepcionales como la suya reciben tantas pruebas de admiración y elogio. No es nada frecuente este reconocimiento generalizado de la excepcional categoría de una personalidad de cualquier especialidad.

Es sabido que España es un país muy reacio a premiar en vida con reconocimientos, a todo tipo de personas en todas las actividades, sean empresarios, políticos, artistas, académicos, escritores, investigadores etc.; a lo mejor no es solo un tópico aquello de “no hay obra buena sin castigo”.  Recuerden las protestas contra un destacado empresario que, para algunos, cometió la osadía de regalar varios cientos de millones de euros a la sanidad pública para moderna maquinaria contra el cáncer. No recibió medallas sino esos algunos le dirigieron no pocos insultos y descalificaciones.

En la cultura de nuestra sociedad hay algo de hostilidad a la excelencia que impide el reconocimiento de los méritos de personalidades excepcionales. Hay que esperar hasta la muerte para aplaudir el gran valor de sus aportaciones a la colectividad. No en vano muchas veces se ha dicho que nuestro país es donde se entierra brillantemente al reconocer entonces -y no antes- los méritos aportados por sus figuras. Se requiere llegar a término para solo entonces ensalzar, elogiar y reconocer abiertamente sus méritos y valía.

¿Por qué hay tanto silencio sobre las aportaciones de excelencia? Seguro que son muchas las razones que intervienen en tan lamentable situación. Desde luego, en España tienen mucho más prestigio las posturas críticas y las censuras que los elogios. Los discursos negativos y negativistas tienen a priori un plus de credibilidad -e incluso una atribución de mayor inteligencia de sus autores- del que carecen los elogios, siempre percibidos bajo el aura de la sospecha y desconfianza.

La excelencia tiene en todos los campos difícil arraigo y el poco que hay, tropieza con la fortaleza de la envidia. Seguramente hay algunas causas históricas, como la muy persistente deslegitimación de las elites y dirigentes pero no solo políticos sino de toda especialidad; pocos países han tenido por ejemplo campañas como la sufrida por Galdos para impedir que se le concediera en Suecia el Premio Nobel. No soy historiador sino sociólogo, pero me parece muy dilatada en el tiempo la hostilidad a la excelencia, a los mejores, a los héroes de todas las épocas. No deja de ser significativo que nuestra obra literaria emblemática, el Quijote, lo que retrate sean las desventuras de nuestro protagonista o, si se quiere, la apología de los fracasos del héroe. Quién sabe si ese mensaje precisamente es fuente esencial de su popularidad.

Este recelo de la excelencia ha sido persistente, pero no hay que olvidar que hoy está fomentado incluso en el sistema educativo. No se me ha olvidado que hubo una Universidad pública española, en el siglo XXI, que en sus Estatutos se acordó que los alumnos tenían derecho -he dicho derecho- a copiar en los exámenes; ante el escándalo social provocado fuera de la Universidad al conocerse tan singular derecho, se optó por eliminarlo del articulado, aunque no se si de los usos reales. Pero no se trata de una mera cuestión de hechos. Incluso las propias recientes leyes educativas -que tan erróneas, graves y perniciosas me parecen- van en la misma dirección de menospreciar la excelencia, el esfuerzo, la ética del trabajo y el afán de superación. Si el sistema educativo no pone estos valores como objetivo esencial de su actividad, ¿cómo nos puede sorprender que la ciudadanía viva de espaldas en la admiración de cualquier personalidad notable? Los españoles solo reconocen como excelentes a deportistas pero si son de su propio equipo.

Por eso es muy de admirar el muy justificado reconocimiento del prestigio y excepcional valía que ha recibido desde siempre Stanley Payne. Entre los muchos aspectos que pudieran destacarse, por el gran número de personas que intervienen en este acto, mencionaré solo tres brevemente.

Este y cualquier reconocimiento que se le tribute a Stanley Payne, es un reconocimiento sobre todo Justo y merecido. Y lo es ante todo por su intensa dedicación, casi permanente, a estudiar la historia de España. Una dedicación intelectual de más de 60 años, solo puede realizarse por el cariño y afecto a estas tierras que han sido objeto de tanta entrega, trabajo y desvelos. Pocos investigadores, de hoy o del pasado, cuentan con una biografía de tan intensa, certera y generosa dedicación a nuestra historia. Una dedicación mantenida por su enorme afecto y cercanía con España, lo cual nunca ha menoscabado su plena independencia de criterio ni la objetividad de su trabajo científico. 

Es también acertado el reconocimiento y aplauso a la obra de Payne, por la muy rica amplitud temática de sus investigaciones. Payne ha diseccionado todos los parámetros centrales que conforman la dinámica del pasado de nuestra sociedad y, en esa aportación, ha sido un permanente innovador en la radiografía objetiva de nuestro pasado, desde su propia tesis doctoral, publicada en inglés, en 1961, Falange. Historia del Fascismo Español traducida al español en Paris por la editorial Ruedo Ibérico en 1965. Desde entonces no ha parado de abrir campos temáticos esenciales de nuestra historia, siempre con el rigor y objetividad que es norma de su obra. No en vano es el hispanista norteamericano más destacado. Es imposible enumerar sus trabajos en tantos aspectos esenciales de nuestro pasado al contar con una treintena de libros y más de 200 artículos en Revistas científicas. Baste aludir a sus trabajos sobre el papel del Ejercito 1808-1936, a la 2ª República, a los ingredientes revolucionarios en aquellos años, al colapso de la República y los orígenes de la Guerra Civil, El camino al 18 de julio: la erosión de la democracia en España diciembre 1935-julio 1936, el nacionalismo vasco hasta el nacimiento de ETA, el Catolicismo en España, etc. Pero son notables sus aportaciones también al análisis del régimen de Franco, en libros como el que tiene ese mismo título, El Régimen de Franco 1936-1975, Gobierno y Oposición 1939-1975 que apareció en el vol 41 de la Historia de España de Menéndez Pidal y J.M Jover, El Primer Franquismo 1939-1959: los años de la autarquía, Fascismo en España 1923-1977, Fascismo en España 1923-1977, la Época de Franco la España del Régimen 1939-1975,  diversas aproximaciones biográficas a Franco, José Antonio Primo de Rivera, o de Niceto Alcalá Zamora. Y junto a ello centenares de artículos profesionales en las mejores revistas profesionales del mundo. Pero déjenme mencionar dos libros de este último lustro que hasta en sus títulos denotan su compromiso investigador:  Uno de 2017 se titula En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras (Premio Espasa de Ensayo), que es todo un ejemplo de su militante actitud intelectual y vital y del rigor con que ha estudiado nuestra historia, desechando tópicos y falsedades. El otro, todavía más reciente, de 2019, se titula La Revolución Española 1936-1939 (Espasa 2019) un libro en el que, con hechos y no con pancartas, destroza los mitos de quienes continúan hoy intentando pintar a la segunda República como el paraíso terrenal.

Y esta referencia me lleva al tercer punto que quisiera destacar.  Otro historiador ilustre -E.H. Carr- nos dejó una instrucción muy clara de cuál es el papel del Historiador, que Payne ha hecho práctica permanente en su obra científica. Nos dijo que: “Aprender de la historia no es nunca un proceso en una sola dirección. Aprender acerca del presente a la luz del pasado, quiere también decir aprender del pasado a la luz del presente. La función de la historia es la de estimular una más profunda comprensión tanto del pasado como del presente, por su comparación recíproca” (E.H. Carr “Qué es la Historia, 1967, pág. 91).

Esta bidireccionalidad de las lecciones y de su enseñanza para el aprendizaje de la historia es una constante en la obra de Payne y, para mí, uno de los principales legados de fondo de toda su obra. Mas allá de la extensísima aclaración e interpretación acertada de hechos básicos de nuestro pasado -examinados por cierto siempre en el contexto europeo que es otra de sus especialidades-, Payne ha dado luz siempre también sobre nuestro presente al examinar, criticar o presentar los errores producidos en nuestro pasado. Sin ataduras de tópicos, ni sometido nunca disciplinas de ninguna ortodoxia. Es decir ha sido un intelectual que ha ejercido la objetividad y la libertad. Nunca le ha importado, ni ha buscado, ni coincidir ni discrepar con los imperativos y las rigideces de escuelas y sectas sobre la historia de España seas cuales fueran. Nunca se ha sometido a modas ni presiones, ni nunca ha canalizado obediencias a alumnos y colaboradores, salvo al rigor científico y al análisis exhaustivo de las fuentes. Desde el más profundo rigor académico, ha ejercido permanentemente la libertad intelectual, donde quiera que le llevara.

Lo cual quiere decir que todas estas fantasías históricas montadas alrededor de la llamada Ley de Memoria Histórica, que busca imponer la lectura unidireccional de nuestro pasado, es un asunto ajeno por completo a un intelectual de la categoría y seriedad de Payne.

Por eso somos muchos quienes, también desde fuera de la profesión y dedicación a la Historia, le profesamos gratitud desde luego por sus innumerables enseñanzas esenciales de nuestro pasado; pero no menos también por su lección de ética y dignificación del quehacer histórico sin someterse a los dictados de este mandato de la Ley, tan ajeno a la realidad y tan propia de la propaganda. Payne no es militante de nada; mejor dicho, solo lo es de la objetividad en el análisis de los hechos históricos sobre los que carece de cualquier respuesta a priori. Porque en su obra se pierde el tiempo si se busca propaganda.

Al unirme al homenaje a Stanley Payne le agradezco para siempre el testimonio de luz, razón y claridad con que ha iluminado verazmente nuestro pasado y presente. Gracias para siempre por el muy valioso y útil testimonio de lucidez para esclarecer la historia y el presente de nuestra España. Muchas gracias.