Se trata de un sencillo homenaje a la filosofía moral de Kant en el tricentenario del nacimiento del gran pensador. Un trabajo de diletante apasionado, no exactamente de especialista muy erudito.
El punto de partida está en justificar la rendida admiración que dice Unamuno profesar respecto de Kant en alguno de sus poemas. Parecerá en principio una broma, teniendo en cuenta los dicterios que se contienen en ciertos ensayos mayores del filósofo español a propósito del alemán; pero en mi opinión esa admiración debe ser tomada muy en serio y está más que justificada leyendo con cuidado La religión dentro de los límites de la mera razón.
Hay, afirma Kant en este libro, una naturaleza humana dotada de un repertorio de disposiciones originales al bien. Esta naturaleza en que arraigan las condiciones para la existencia lograda es creación divina que nos certifica de que ha creado Dios el mundo en un movimiento de amor; y lo esencial en nosotros, aquello que se podría describir como la inhabitación del espíritu divino en nosotros, es, a su vez, en correspondencia, el amor a lo que nos muestra el camino hacia Dios y la inmortalidad; en otras palabras, el amor a lo santo.
La maldad humana no pertenece a la esencia de ningún predestinado a los infiernos, no está contenida en la inteligencia divina, sino que es posterior a la disposición al bien -en cierto modo, es posterior a cierto estado dichoso que el texto bíblico llama el Edén-, porque siempre es una contra-creación de la libertad humana insondable.
Que haya la experiencia de lo santo -y realmente la hay- es que se abra la posibilidad de renunciar a todo egoísmo, o sea, la posibilidad de superarnos a nosotros mismos como dejándonos nosotros mismos atrás con total lucidez. La voz santa brota, pues, de mí, de una fuente desconocida en mí mientras no tropecé por fin, sobre todo y antes que nada, con la santidad enigmática de la otra persona. Confrontarme con el prójimo es, a partir de un momento que Kant no piensa que tenga que precisar, hallarme en la presencia de alguien que ya es de suyo un fin en sí mismo, ni siquiera un medio para que él mismo haga consigo lo que prefiera. Y es que la razón no me ha sido dada, no ha sido creada en mí únicamente para la cultura, sino, mucho más, para la santidad. A la disposición abierta a ella, capaz de ella, llama Kant persona. La razón es en este nivel la capacidad no solo para reconocer qué es santo, sino para alojar lo santo entre los motivos que impulsan la acción. La razón es ahora el libre albedrío o el núcleo de la persona. La peculiar santidad de esta consiste, en tanto que disposición originaria o criatura, en que puede conseguir que lo santo y solo lo santo, sin adición de nada más, pase de mera noticia de la razón a motivo suficiente para decidir la acción. ¡Cabe actuar por el solo impulso de lo santo!