9 abril 2024
Ricardo Sanmartín Arce

Sorolla y la modernidad

Resumen de la ponencia

Con motivo del centenario de la muerte del pintor Joaquín Sorolla. La ponencia propone una mirada comparativa que ayude a comprender rasgos del cambio cultural a principios del XX. Sorolla ha deslumbrado con su dominio de la luz del Mediterráneo. Pero, siguiendo a Ortega, conviene reflexionar más allá de sus indudables cualidades plásticas. Ortega decía que “el cuadro no termina en su marco. Todo cuadro es pintado partiendo de un … sistema de supuestos vigentes [que] en cada época muda con el tiempo. Será, pues, la unión del sistema de vigencias y el marco histórico de la época la referencia principal.

Tras repasar las imágenes de varias obras de Sorolla entre el último tercio del XIX y los años veinte del siglo XX -el lapso vital de Sorolla- se recuerda que, junto a Blasco Ibáñez, Sorolla comparte época con Cézanne, Nietzsche, Toulouse Lautrec, Freud, Kandinsky, Picasso, P. Klee, C. Monet, P.A. Renoir y F. Kafka, entre otros, cuyas aportaciones a la cultura fueron muy distintas de la de Sorolla. Todo lo que la crítica ha repetido creando una imagen estereotipada de Sorolla parece tener muy poco en común con Freud, Kafka, Nietzsche, Kandinsky, Toulouse Lautrec o Picasso.

Como Sorolla, también Toulouse Lautrec tuvo una preocupación social, pero el modo de tratar esos problemas fue muy diferente en cada pintor. A su vez, la distancia estética que crea Lautrec al usar el expresionismo, el contraste vigoroso de colores y el énfasis de su dibujo delineando las figuras, es una distancia que tenemos que recorrer al contemplar su obra, haciéndonos evidente el carácter creativo, la intervención ficcional del autor frente a la objetividad naturalista de Sorolla que trata de respetar los hechos.

Importantes críticos e historiadores del arte como Valeriano Bozal, E. Gombrich o P. Daix, no nombran a Sorolla, sí a Picasso, Munch, Kirschner, Matisse, Gauguin, y muchos otros. Daix destaca que lo desconcertante de Picasso con Las señoritas de Aviñón fue que “había atacado la misma figura humana desechando su representación convencional a imagen de Dios”.

P. Daix subrayó el inacabamiento como característica definitoria de la modernidad: el “pintor moderno … ya no tiene ante él el límite del acabado académico … por captar un mundo que cambia sin cesar”. “La pintura ha abandonado el acabado en todos los sentidos del término. Expresa lo desconocido que surge en la vida social o personal”. También Gombrich entendía que cierta deformación o inacabamiento nos hace “un poco más activos para reconstruir la imagen”. Lo que hace que esas maneras de tratar los problemas sociales de la época resulten modernas es, pues, la investigación que tematiza lo desconocido, la ruptura de los límites tradicionales y la exigencia al espectador de un esfuerzo para activar la propia imaginación creadora que complete en su interior lo que se ofrece inacabado en el exterior. También G. Vattimo veía una correspondencia entre la estructura de la ciudad moderna y la pérdida de “los horizontes definidos y tranquilizadores de la forma… la destrucción estilística representada por el expresionismo se manifiesta como un aspecto de un proceso más general de civilización … no se siente como una pérdida … sino que es además expresión de lo espiritual que se abre camino a través de las ruinas de las formas”. En las mismas fechas en las que Sorolla se ocupa de la marginación social, se acerca a los bulevares de París, o pinta sus desnudos, Matisse, Modigliani, Schiele, Munch, Kirschner, Toulouse Lautrec, Van Gogh o Hopper lo hacen de un modo diferente.

Con todo, lo moderno no consistió solo en completar interiormente lo inacabado; hay distintas formas de hacerlo, y ya el escorzo de la época helenística lo hacía; también las leyes de la perspectiva. Lo moderno, como un modo históricamente particular de inacabamiento, fue un paso más allá porque al desobedecer las leyes naturales con la deformación o la abstracción ya no permitió al usuario de las obras apoyarse en la imagen sancionada de lo humano; hacerlo ya no conduciría al nuevo lugar de la herida donde la época inquiere sobre un futuro con sentido. Desde la Belle Époque, ese uso espontáneo de la memoria, de la tradición, queda en gran medida cancelado. Solo se abre el esfuerzo metaforizante de la imaginación en una dirección interior, al futuro de lo que en la conciencia moral está inacabado, porque, no solo en el cuadro, sino en los hechos, todavía se están gestando los valores nuevos que configurarán un nuevo tipo humano. La rebeldía fue un ejercicio de negación de cuanto asfixiaba por estar definido y cerrado, una situación que obliga, después de Kafka, a repensar el acontecimiento de la Modernidad: la transformación que margina al Hombre de su historia y lo convierte en un insecto.

Sorolla triunfa en América presentando una visión tradicional de España y su interna diversidad. Sus retratos también abordan la vida cotidiana, gente común, niños y pescadores, familias en la playa, no sólo a la luz del mediterráneo, sino también bajo las nubes del norte. Trató la vida cotidiana con el formato de los grandes cuadros sobre historia. Como destacó C. Taylor: “la afirmación de la vida ordinaria … se ha convertido en una de las más poderosas ideas de la moderna civilización … del Occidente moderno”. Su manera, pues, de ser moderno no fue contracultural, no necesitó romper la superficie del desnudo y unir los pedazos, delinear siluetas o tensar colores, aunque sí usó encuadres sorprendentes y perspectivas distintas que, sin embargo, nunca perdieron el sentido de unidad de una humanidad intacta. Sorolla recorta y enfoca como si su pincel obedeciese el encuadre y la perspectiva de una cámara Kodak que, efectivamente usaron él y su hija.

¿Qué es, pues, lo que esas obras de Sorolla nos permiten comprender? Sorolla no solo fue una mirada moderna, sino que levanta acta del mundo del ayer que en pocos años después de la muerte del artista se empujará violentamente al pasado. Como todo verdadero artista, no pudo dar la espalda a su época. La Modernidad, dio un paso más en el proceso de su atención hacia el interior inconsciente, hacia el oscuro sentir invisible de la sombra que crece con el desarraigo del alma en la noche de la gran ciudad. La luz de Sorolla también cuenta, como marco de su esplendor, con esa misma sombra que envuelve la nueva época. La fuerza y verdad de la obra de Sorolla no está solo en la superficie del mar, en la blancura de vestidos y pamelas, dialoga necesariamente con la sombra interior de la Modernidad encontrando así su sentido.